martes, 15 de abril de 2014

Un giro de tuerca

Es que no tenemos remedio.  En mi tierra hay una expresión que dice así: "Culo veo, culo quiero", de la que no hace falta explicar qué es lo que quiere decir de lo obvia que es. Uno de los múltiples motivos que nos llevaron a la crisis que todavía estamos soportando y a la que no parece vérsele el fin fue que nos inculcaron la idea de que "tú vales, tú puedes, tú te lo mereces, ¿a qué esperas?", y así nos ha ido; las vacas engordaron a más no poder (unas más que otras) y de tanto engordar... explotaron.  Vivíamos en el paraíso terrenal, adormecidos por cantos de sirena, sin escuchar el chirriante prevenir de los Pepitos Grillo, esas voces que nos decían que aquello no era normal, que todo lo que sube, baja y que nada es eterno en esta vida, y lleguó el declive. Y a más de uno lo cogió desprevenido y así nos va ahora.

Lo fácil que es acostumbrarse a lo bueno y lo difícil que es al contrario, ¿verdad? y, sin embargo, ¡cuántas familias han tenido que acostumbrarse no ya  a lo que tenían "antes de" sino todavía más bajo, incluso rozando los límites de la pobreza o sobrepasándolos.

Nos acostumbraron a la opulencia, después nos hablaron y obligaron a la austeridad, eso sí, sin dar ejemplo, aún  siendo con éste como mejor se enseña. A veces pienso que somos como  las piezas de una partida de ajedrez que juegan unos pocos y todos nos movemos para adelante o para atrás según su voluntad.

Hoy me quedé a cuadros viendo un anuncio publicitario en televisión, no me acuerdo exactamente que vendía pero el lema que aparecía escrito (que no hablado) decía así: "lo quiero, lo tengo", ¡ole, con un par! Eso se llama aprender de los errores.  Es para coger a unas pocas de esas malvadas sirenas y espetarlas una detrás de otra.  Desde luego que el publicista se quedaría tan a gusto.  En conclusión: seguimos en las mismas. Y es que el hombre es el único animal que tropieza dos (y tres, y cuatro,...) veces con la misma piedra.

En fin, yo doy gracias al cielo primero, porque no estoy para tantos dispendios y, segundo, por tener sentido crítico...o al menos, eso creo.

martes, 31 de diciembre de 2013

Por pedir que no quede

Cada principio de año nos hacemos un listado de propósitos para cumplirlos en el año que empieza y, al final, unos los logramos y otros no; unas veces por flojera, otras porque eran inviables o porque circunstancias ajenas a nosotros los hace imposibles de realizar.  

Por eso, este año hago lo que voy a hacer es una lista de deseos,  a ver qué pasa cuando finalice 2014; muchos de estos deseos dependen de nosotros mismos, así que son todo un reto de superación personal.  Veremos a ver qué pasa...

  1. Que no nos falte salud para ser
  2. Que mejore la situación laboral
  3. Que emprendamos con ilusión
  4. Que la constancia reine en nuestros actos
  5. Que obremos con paciencia ante la dificultad
  6. Que el desánimo no pase ni por la puerta
  7. Que no dejemos de reírnos, sobre todo, de nosotros mismos
  8. Que la palabra "perdón"  sea una máxima en nuestras vidas
  9. Y que "gracias" sea la que más digamos durante todo este año
  10. No olvidar que nunca estoy sola 
  11. Volver a hacer el Camino...
  12. ...y que mis hijos encuentren el suyo propio
Así que esta noche, con cada una de las campanadas irán cada uno de mis deseos, uno tras otro, unidos a todos los vuestros, y el Universo entero se llenará de buenas vibraciones.  ¿No os parece una forma estupenda de comenzar el año?  Ojalá todos vuestros deseos se cumplan. ¡Feliz Año Nuevo para todos!

martes, 24 de diciembre de 2013

La ternura de Dios




Mi belén no es el más bonito del mundo pero os aseguro que es el que tiene más sentimiento y más recuerdos.  Su valor es ilimitado, no económicamente, las figurillas son de plástico, la pintura se les está cayendo a cachitos y harían millonario a un oculista privado si acudieran a su consulta, pues todas padecen de una fase aguda de estrabismo.

Ya conté una vez que las figuras de misterio tienen los mismos años que yo, o casi, que adornaban la base del árbol que mi madre cada año adornaba por estas fechas, de aquellos de alambre forrado de espumillón que con el paso de los años tuve que descartar porque me provoca una alergia extrema en las manos. También conté que la mula se perdió y fue reemplazada por un engendro de plastilina hasta que di con una más aparente, al menos, en tamaño.

El resto de las figuras casi doblan la mayoría de edad, compradas en sucesivas idas y venidas a la papelería San Bartolomé, junto al colegio de los Salesianos.  Ya no existe siquiera el edificio donde se ubicaba. Los años hacen mella incluso en la fisonomía de nuestras ciudades. La mecenas honorífica de todo esto, mi abuela Frasquita, a la que “sableábamos” con un “¡porfa, abuela, es la última vez!”.

Durante años, cada Navidad, el belén presidía el comedor de casa de mis padres desde el aparador y nosotros pasábamos las horas embobados mirando las figuritas como esperando que en algún momento cobraran vida.

Cuando me casé, el belén formó parte del ajuar, para alivio de mi madre y yo, más feliz que una perdiz no he dejado de ponerlo en todos los años que llevo casada.  Los primeros años, la caja vacía del televisor nos sirvió de base para ponerlo.  Sólo un año tuvo una representación mínima y fue el año que nació mi hijo mayor; sólo el Misterio presidió la entrada de la casa, ya que yo, con una buena panza no tuve muchas ganas de meterme en faena, de hecho, el niño (el mío) nació el 20 de diciembre, amén de una semana que estuve ingresada antes de verle la carita.

Tras aquel año, nos agenciamos unas borriquetas y un tablero y aquí, cada año, se monta la de Dios.  Literalmente, porque hasta no ver el resultado final aquello se convierte en un trasiego constante de trozos de corcho, personajes, pastores, serrín y luces.  Bueno, de éstas ya no queda ni una, al principio, el belén parecía un pueblo en plena feria, después pasó sólo a las bombillas con efecto “llama” para la anunciación, la castañera y el portal, y este año, ni eso.  Ha habido años con huerto, cisnes en el río de espejo, horizontes de dunas o de cielo estrellado, pollos sin mamá gallina, por aquello de las escalas,…

Total, que conforme pasan los años, a pesar de la pereza que me entra, porque hay que “viajar” al trastero a por los bártulos, el desorden que se forma, las discusiones sobre donde ponemos la posada o si compramos un Misterio nuevo, acabamos armando el belén y una vez puesto vuelvo a mirar al Niño, tan chiquitito como un muñequito de aquellos que venían dentro del tarro de la colonia Nenuco, ¿os acordáis? y me inspira una inmensa ternura.

Porque no hay nada que de más ternura que un recién nacido.  Hace unos días escuché a alguien decir que aquella noche de hace dos mil años, en ese Niño que nació para salvarnos, Dios representó toda su ternura. La ternura de Dios... Y ese pensamiento me hace ver que no hay pereza, desgana o desmotivación que valga.  Cada año renovamos nuestra esperanza, nuestra alegría, nuestra ilusión, igual que cuando éramos niños, señal inequívoca de que la ternura de Dios está en nuestro interior. 

Hagamos que esa ternura salga afuera, compartámosla con los demás, que la ilusión de esta noche brille en nuestros corazones, en nuestros ojos, en nuestro espíritu no sólo esta noche, sino en nuestras vidas.  ¡Feliz Navidad!

sábado, 14 de diciembre de 2013

El tiempo perdido

No hay nada que resulte más relajante y excitante al mismo tiempo que ver la Navidad con los ojos de un niño.  Todo es luz, alegría e ilusión.  Aún recuerdo cuando mi madre colocaba las figuritas del misterio debajo del árbol, figuritas que aún conservo y culminan mi belén al más puro estilo “¿dónde está Wally/el Niño?”.  Luego te haces mayor y algunas incógnitas se desvelan, aunque no dejan de seguir siendo mágicas.  Unas ilusiones dejan paso a otras y seguimos cumpliendo navidades.

Pasan los años, y las navidades.  Cada una distinta e igual a la anterior.  Y empieza a aparecer el pánico “escénico”. Gran parte de la culpa la tienen los medios y el entorno general.  Nos venden la NAVIDAD “IDEAL”, con gente guapa, familias perfectas y casas de película.  Y resulta que ni todos somos tan guapos, ni nuestra familia es perfecta y toda nuestra casa cabe dentro del salón del anuncio.

Por lo general, somos gente normal y no hay familia que se libre de su particular oveja negra.  Para más inri y desgracia, algunos ya se fueron y otros, aún estando, es como si no estuvieran.  Por más que queramos, tendremos que desmantelar medio salón y pedir sillas prestadas para caber todos, amén de una mesa vestida estilo collage, con vajillas, cuberterías y cristalerías de modelos varios. Realmente, eso no me produce preocupación alguna, lo que hay es lo que hay, y para qué vamos a andar con florituras. 
 
Y así, cada año intento huir de tanta luz de colorines y tintineo de cascabeles, de papa noeles falsos o reyes magos teñidos de marrón, de esa incitación al consumo desmedido, de esa concordia obligada pero falsa, para encontrar el verdadero sentido de la navidad, de la natividad, de la esperanza en mi misma y en los demás, de la sencillez, del compartir, del perdonar; y mi deseo es que esa búsqueda me dure hasta la navidad siguiente y que dé sus frutos. 

Y así, cuando pasen muchos años y mire hacia atrás, sienta que recuperé el tiempo que perdí tantas navidades y vea la luz, la alegría y la ilusión en los ojos de aquellos a los que más amo.



domingo, 17 de noviembre de 2013

El poder de la Palabra


Se aproximan fechas muy familiares, ya las calles empiezan a adornarse, los supermercados a llenarse de productos típicos de la época y las televisiones a bombardearnos con publicidad.  Cada uno, en la medida de sus posibilidades, prepara un año más todo el ritual que gira en torno a fecha tan señalada e intenta, más o menos, no dejarse llevar por la vorágine obligada.

Viéndolo con cierta perspectiva, caigo en la cuenta de la importancia que tiene para la gran mayoría celebrar en familia estos festejos, a pesar de todo: del cuñado metepatas, de la suegra sangrona o de la prima repipi.  Familias las hay de todo tipo: grandes y numerosas, pequeñitas, de un solo hijo, de una prole abundante, de montones de primos,… y en todas ellas suele haber una oveja negra, o dos.  Es la esencia de la familia, pues aunque compartimos el mismo adn, cada uno es un ser autónomo e independiente, y en la mayor parte de los casos, nos sobrellevamos lo mejor que podemos porque nos gusta sentirnos familia.

Podremos querernos apasionadamente o llevarnos a matar, criticarnos los unos a los otros o ensalzarnos, pero cuando alguien de fuera osa comentar algo negativo sobre nuestra parentela sacamos la uñas como gato porque, como dice el refrán, los trapos sucios se lavan dentro de casa y nadie de la calle va a venir a decirnos qué tenemos que hacer.

Yo, aparte de mis familias biológica y política pertenezco a otra gran familia, que se llama Iglesia, a la que ahora está de moda atacar y mofarse de ella, y para más inri, sin conocimiento de causa.

¿A qué viene tanta saña e inquina? Miles de veces me lo pregunto. No hay periodista famosete que  no se gane su minuto de gloria a costa de nuestra fe. Parece deporte nacional, que si el Papa ha dicho, que si el Arzobispo ha hecho,…bla, bla, bla, palabrería barata que sólo sirve para entretener a la gente mientras por detrás se comenten verdaderas barbaridades.

Caigo en la cuenta de que tanto idiota (con perdón, que el que se pica, ajos come) es como el abusón de la clase, que se ceba en el más débil porque los demás le pueden “canear”. Y no digo que la Iglesia sea débil, al contrario; su fuerza radica en Algo que muchos no quieren ver.

Cuando nos atacan, nos duele, claro que sí, pero nosotros no ponemos coches bomba ni nos autoinmolamos; nosotros ponemos la otra mejilla y pagamos un desaire con una mano extendida; nosotros no vivimos instaurando el miedo sino el perdón. 

Ese es el auténtico poder de la Palabra, que un día se hizo Carne y dio su vida por todos, los que creemos en Él y los que no, y que HABITA entre nosotros.

Y, para terminar, que quede muy clarito que creyentes o no, en estas fechas lo que se celebra en cualquier lugar sobre la faz de la Tierra es su nacimiento, por mucho que lo queremos disfrazar con luces, turrones y soniquetes.