Mostrando entradas con la etiqueta con sentido crítico. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta con sentido crítico. Mostrar todas las entradas

martes, 15 de abril de 2014

Un giro de tuerca

Es que no tenemos remedio.  En mi tierra hay una expresión que dice así: "Culo veo, culo quiero", de la que no hace falta explicar qué es lo que quiere decir de lo obvia que es. Uno de los múltiples motivos que nos llevaron a la crisis que todavía estamos soportando y a la que no parece vérsele el fin fue que nos inculcaron la idea de que "tú vales, tú puedes, tú te lo mereces, ¿a qué esperas?", y así nos ha ido; las vacas engordaron a más no poder (unas más que otras) y de tanto engordar... explotaron.  Vivíamos en el paraíso terrenal, adormecidos por cantos de sirena, sin escuchar el chirriante prevenir de los Pepitos Grillo, esas voces que nos decían que aquello no era normal, que todo lo que sube, baja y que nada es eterno en esta vida, y lleguó el declive. Y a más de uno lo cogió desprevenido y así nos va ahora.

Lo fácil que es acostumbrarse a lo bueno y lo difícil que es al contrario, ¿verdad? y, sin embargo, ¡cuántas familias han tenido que acostumbrarse no ya  a lo que tenían "antes de" sino todavía más bajo, incluso rozando los límites de la pobreza o sobrepasándolos.

Nos acostumbraron a la opulencia, después nos hablaron y obligaron a la austeridad, eso sí, sin dar ejemplo, aún  siendo con éste como mejor se enseña. A veces pienso que somos como  las piezas de una partida de ajedrez que juegan unos pocos y todos nos movemos para adelante o para atrás según su voluntad.

Hoy me quedé a cuadros viendo un anuncio publicitario en televisión, no me acuerdo exactamente que vendía pero el lema que aparecía escrito (que no hablado) decía así: "lo quiero, lo tengo", ¡ole, con un par! Eso se llama aprender de los errores.  Es para coger a unas pocas de esas malvadas sirenas y espetarlas una detrás de otra.  Desde luego que el publicista se quedaría tan a gusto.  En conclusión: seguimos en las mismas. Y es que el hombre es el único animal que tropieza dos (y tres, y cuatro,...) veces con la misma piedra.

En fin, yo doy gracias al cielo primero, porque no estoy para tantos dispendios y, segundo, por tener sentido crítico...o al menos, eso creo.

jueves, 22 de noviembre de 2012

¿Quién dijo "manzana"?


Quedan pocos días para que se arme el belén en nuestras casas, y no miento en lo que digo: probablemente para el próximo 9 de diciembre, casi la totalidad de nacimientos que se montan en nuestra geografía estarán ya instalados y brillando en nuestros negocios y hogares.

Todavía habrá algún cargante que seguirá con la absurda polémica de si se colocan la mula y el buey o no se colocan. Por mi parte, yo los voy a poner; primero, porque años me costó reponer la mula, que se nos perdió y no dábamos con una del mismo tamaño y así, durante muchas navidades hicimos el apaño con una de plastilina que parecía cualquier cosa menos una mula; y segundo, que mis figuritas tienen tantos años como yo, que hasta los colores tienen desgastados (¡anda, cómo yo!) y les tengo mucho apego.

Todo esto viene a colación de los comentarios que ha suscitado la publicación del nuevo libro de Benedicto XVI, “La infancia de Jesús”. Todos los medios de comunicación se hicieron ayer eco de la noticia, por televisión, por internet, ..., y de lo que más se habló fue del asunto de la mula y el buey. ¿Qué trabajito cuesta cogerse el libro, leérselo, meditarlo y después, sacar conclusiones? Seguro que habrá en su contenido cosas más importante y esenciales que merezcan la pena conocer.

Qué mundo más falso le estamos dejando a nuestros hijos, lleno de mucha palabrería barata, de cosas fugaces, de quedarse en la superficie, de no rascar para ver el interior. Nos estamos volviendo vendedores y compradores de humo, que se desvanece en un segundo y volvemos a vender o comprar otra bocanada. Todo lo profundo nos aterra, seguramente porque nos hace dar cuenta de lo poco que somos en realidad, partículas diminutas en un universo infinito.

Todavía nos quedarán programas matutinos dándole vueltas al tema, con contertulianos que saben de mucho y no entienden de nada y que, además, "poseen" la verdad absoluta. A ellos les digo varias cositas: en ningún lugar de las Escrituras aparece la palabra “manzana” (a saber que animadversión le tenía el que fuera a dicha fruta), que las serpientes no hablan y que Adán y Eva no existen; que yo voy a poner mi mula, mi buey, mis gallinas gigantes y mi castañera, que los que tienen caganet también lo van a poner y que los comerciantes de artículos de navidad están muy tranquilitos.

Lo más importante, lo esencial es lo esencial y nada de lo que se diga puede cambiarlo, Cristo vino al mundo para salvarnos

Y para terminar,  añado el libro a mi Carta a los Reyes Magos y  prometo seguir siendo buena para que me traigan algo de lo que les he pedido.

jueves, 7 de junio de 2012

Espejito, espejito

Hace unos días fui con mis hijos a comprarles ropa, porque literalmente “se habían quedado en cueros”. Es increíble lo que puede llegar a crecer un adolescente en unos pocos meses. Yo los observaba caminar delante de mí y no podía dejar de asombrarme de lo rápido que pasa el tiempo; hace nada iban de mi mano y ahora tengo que levantar la cara para darles un beso.

El caso es que llegado el día D y la hora H, nos armamos de valor (mi marido y yo) y salimos en busca de la prenda perdida, porque realmente es una odisea salir a comprar ropa con un par de adolescentes.

Fuimos a un centro comercial de la ciudad, a una tienda que abrieron hace unos meses y que, como dice la gente joven, lo está petando. El por qué nadie lo sabe, ¿o sí? Ropa resultona, variada… y muy barata. Siempre está abarrotada de gente. Con estos tiempos tan malísimos que nos ha tocado vivir, ajustar el bolsillo es una auténtica proeza y donde antes gastábamos diez ahora gastamos tres y a Dios gracias, más o menos, porque con aquello de la excusa que las camisetas están a tres euros (que lo he visto yo con mis ojitos), si teníamos un presupuesto para una camiseta de nueve euros, no nos compramos una, que es lo que íbamos buscando, sino tres de tres.

Por más que le doy vueltas, no le encuentro explicación a su planteamiento de marketing; sólo al entrar da la sensación de que la tienda no tiene almacén, tiene todas las existencias expuestas en los percheros y estantes, es algo así como el Rastro de los jueves en el Polideportivo (los que sean de Málaga, concretamente de Ciudad Jardín, sabrán a lo que me refiero) pero dentro de un local comercial. Así que la tienda no sólo está abarrotada de gente, sino de ropa. La cosa empieza a enredarse cuando, entre tanta prenda y tanta mano metiendo y sacando, aquello comienza a desmadrarse por momentos; encontrar una talla en concreto es todo un desafío. Un detalle curiosísimo: en la puerta hay unas cestas para que el cliente vaya metiendo todo aquello que se le va antojando, cosa que reconozco que es todo un acierto mercantil ya que ¿quién se resiste a probarse algo por si acaso? Y luego, a la hora de elegir, ¿qué dejas si todo está taaaan barato? En fin, que poco a poco se te va poniendo cara de pez mirando al anzuelo con un suculento cebo.

Llega el mejor momento: la hora de probarse lo que has elegido. Comienza el show. Para empezar, los probadores están en la planta de arriba, así que si estás escogiendo ropa masculina (que fue nuestro caso), tienes que subir y ponerte en cola, sí, porque hay unas colas impresionantes, que van zigzagueando para que no parezcan tan largas. Al final, las chicas encargadas de probadores, que no te dejan pasar todos los artículos, sólo los que te vas a probar, el resto, te lo dejan apartados en unos percheros que tienen al ladito. Cuando por fin llegas a la meta tan ansiada, es decir, que vas a entrar a probarte, te quedas perplejo porque no sabes si vas a entrar a unos probadores o al hall de un multicines, con un pasillo ancho y oscuro al que sólo le falta la moqueta para amortiguar tus pasos y los carteles de las películas. Esta vez tuve suerte, pude entrar con mi hijo más pequeño, para ver qué tal le quedaba la ropa, pero mi hijo mayor entró solo, y yo cavilo: “¿y si luego en casa, ese pantalón que el niño dijo que le estaba bien no lo está tanto, ¿qué hago?, ¿vuelvo a descambiarlo o me lo como con patatas?” Otra técnica de ventas la mar de inteligente. Para terminar, cuando ya has decidido que te vas a llevar y que no, sales y la chica de la entrada te pide lo que no te quedas (que realmente, a mí no me importa volverlo a poner en su perchero) y lo va apilando en unos montones de ropa que, seguramente más tarde, otra compañera se dedicará a recolocar. Esto para mi gusto, da muy mala imagen; ver esas montañas de ropa echadas así de aquella manera como que no da sensación de pulcritud.

Si estás conforme con lo que llevas, hemos acabado, pero como necesites una talla más o menos de lo que escogiste, estamos perdidos, es como el Día de la Marmota, vuelta a empezar: baja, busca, coge y sube de nuevo a ponerte en cola. Y eso fue lo que nos pasó.

Sí, hubo que volver a subir, pero esta vez yo pasé de entrar de nuevo, y mientras esperaba que les tocara el turno a mis hijos me puse a observar, primero los bolsos que, sinceramente, me pirran, y después, a la gente.

¿Quién no se ha fotografiado alguna vez en esos decorados de madera en el que sólo se asoma la cara y se nos ve vestidos con trajes típicos o con cuerpo de animal? Esa fue la sensación. Todo el mundo igual, mujeres y hombres, chicos y chicas, distintas caras y el mismo modelito. Y se me vino a la cabeza el término “globalización”, que sinceramente no sé muy bien qué significa, pero que suena mucho en estos tiempos. A mí se me antoja que el término sirve, entre otras cosas, para expresar que nos tienen a todos metidos en el mismo saco, y subliminalmente nos van inculcando qué tenemos que pensar, qué tenemos que comer, qué tenemos que vestir y mil cosas más, de forma que somos como los autómatas que dan la bienvenida a Shrek cuando llega al reino de Duloc, que al final, acaban rompiéndose de tanto forzar la máquina.

Espero que éste no sea, al menos, mi caso y el de mi gente. Que tengamos la suficiente personalidad para decidir por nosotros mismos y que cuando no queramos una cosa sepamos decir no y mantenernos firmes en la decisión, aunque nademos contra corriente.

Volviendo al tema de la ropa, hay que ver qué mal vestimos. Hay gente que no se sabe por dónde cogerla, con un “estilazo”, por ser cortés, diferente. Aunque esto bien se merece otro post, así que sólo me queda entonar el “mea culpa”, porque sí, yo también peco, no muy a menudo, pero peco. Yo también estuve allí y no sólo una vez. Para poder reírse de los demás hay que empezar a reírse de uno mismo. Y yo “me parto conmigo misma”

lunes, 27 de febrero de 2012

Brotes naranjas...




… que no verdes, como algún insensato intentó hacernos ver. Así son los primeros brotes de mi buganvilla. Ésa que compré hace ya unos dos años y que planté en mi terraza, tras tres intentos fallidos de que el aroma de un jazmín impregnara mis noches estivales. Cuando la traje a casa, lucía muchas hojas de este alegre color, pero se le fueron cayendo y se quedó sin ninguna.

Comencé el año con un deseo esperanzador de que lo peor ya había pasado, y que a partir de entonces todo iba a ir a mejor. Pero los informativos tiran por el suelo todo anhelo positivo. La cosa no pinta bien y a una no le queda más remedio que cruzar todos los dedos cruzables y rezar “Virgencita, que me quede como estoy”.

Y mira que el número me gustaba: 2012. Par y redondo, de los que llenan la boca al pronunciarlo; no suena igual que 2011, feo y soso, ó 2013, por aquello de los supersticiosos. Un número par gusta más que uno impar, aunque el 7 y el 13, por ejemplo, sean de mi agrado, uno por su simbología y el otro porque no soy nada supersticiosa.

El caso es que la gran mayoría tenemos puesta nuestra esperanza en que la situación laboral de nuestro país mejore. Hay quien lo está pasando muy, pero que muy mal, y no sale precisamente en los medios de comunicación. Cómo suele pasar, la realidad suele transcurrir anónima a los ojos de los demás y lo que se nos muestra, generalmente, se ve a través de un prisma bien ideológico, bien sentimental, bien la intención de quien nos lo muestra.

En otoño ejercimos un derecho que, gracias a Dios, conseguimos hace ya 33 años (¡vaya por Dios, la edad de Cristo!). A ver si sirve para algo. Yo tengo mi esperanza en que sí. Aunque a veces me surgen varias dudas y cuestiones que, sinceramente, me gustaría que me contestara algún político actualmente en el poder. ¿Realmente no conocían el estado real de la situación? ¿O nos la quisieron mostrar suavizada para conseguir el puesto? Si vamos a tener que apretarnos el cinturón, ¿nos lo vamos a tener que apretar todos? ¿O va a ver quien vaya vestido con una túnica amplia y cómoda?

A mi edad aún hay cosas que consiguen sorprenderme, lo malo es que generalmente suele ser en negativo. Como ciudadana, lo sobrellevo, pero como madre, me colma e indigna. ¿Qué clase de futuro les espera a mis hijos? ¿Van a tener que irse fuera como hicieron sus abuelos? Aún son adolescentes, les quedan muchos años de estudio y de formación, lo cual me produce cierto alivio. Ojalá que cuando les llegue la hora de incorporarse el mundo laboral tengan la oportunidad de desarrollar su potencial en el país que los vio nacer y crecer.

Por eso, si pudiera charlar un rato con cualquier político actual, llámese Pepito o Juanito sólo me gustaría decirle que no olvide nunca cómo ha llegado hasta su puesto. Que no se trata de un regalo. Se trata de una responsabilidad, delegada en él por miles de ciudadanos.


Que “honestidad”, “honor”, “justicia”, “honradez”, “transparencia” y muchas palabras más no sólo están en el Real Diccionario de la Academia de la Lengua Española, sino que se llevan en la conciencia de cada uno de nosotros. Y a ver si la frase “los mismos perros con distinto collar” la desterramos de una vez y para siempre al baúl de los recuerdos.

Mientras, observo como esas preciosas hojitas color naranja van creciendo, y que nuevos brotes van surgiendo con fuerza en el resto de la maceta cual augurio de mejores tiempos futuros. Ningún aroma va a impregnar deliciosamente mis noches pero, a lo mejor, mis días se van a ver alegrados por el bullicioso y alegre color de mi buganvilla.

viernes, 4 de noviembre de 2011

Una del Oeste

Estimado señor…. Rubalcaba, o Zapatero, o señora Ministra de Educación, o señor encargado de la campaña publicitaria del PSOE:


Tengo que decirle que su video sobre la educación privada me ha dejado, como se dice ahora, “impactá”. Unos lo tachan de demagogo, yo sinceramente, con los poquitos estudios que tengo, quiero, ya que estamos en democracia, darles mi opinión.

En mis tiempos de estudiante, cuando en clase de Lengua nos enseñaban sobre el lenguaje publicitario, el profesor nos explicaba que se podían emplear expresiones como “el mejor”, “el más…”, pero nunca “mejor que…” o “más que”, y ni mucho menos dar nombre y apellidos; es lo que se llama publicidad desleal.


Sinceramente se ha lucido con este video y para nada veo reflejada mi realidad en él. Lo mismo es que hay diferentes tipos de escuelas privadas o concertadas, y a mí me ha tocado vivir una que no se corresponde en absoluto con la que usted muestra.

Yo estudié en escuela privada, más tarde concertada, y nunca me sentí diferente a otros niños de mi barrio. Vivo en una zona de Málaga donde la mayor parte de la población somos de clase obrera, y entre todos los colegios de la zona, hay tres o cuatro concertados. Uno de mis hijos asiste a uno de ellos y el otro ya ha pasado al instituto.


¿En qué se diferencian de los niños que van a la escuela pública? Sencillamente, en que llevan uniforme, y bendita sea la hora de tan sabia elección, porque ha resultado ser un alivio para la economía familiar, amén de que enseña a los niños a cuidar su indumentaria, y si afinamos más, al llegar a ciertas edades, no se plantean problemas del tipo “mi amigo lleva unos pantalones o unas deportivas de x marca”.

Las mamás que vamos a llevar y recoger a nuestros niños somos muy normales, y aunque más de una (y de dos) trabajan en el servicio doméstico, y a mucha honra, ninguna va al colegio vestida con ese uniforme rosa que sale en su video, ni creo en se lo pongan en su lugar de trabajo.


El colegio de mis hijos es bastante normalito y el profesorado es magnífico, pero sí tienen ciertas carencias respecto al colegio público que se encuentra a 100 metros.

A pesar de ello, la gente, metafóricamente hablando, se pega tortas para que sus hijos entren en él. La razón tal vez sea que, a pesar de ser tan chiquito, los niños empiezan en Educación Infantil y salen cuando terminan la Secundaria, mientras que en los colegios públicos de la zona, con sus grandes instalaciones, los críos de doce años tienen que “enfrentarse” a convivir con jóvenes de dieciocho cuando pasan al instituto.


Ya les he dicho que el colegio de mis hijos tiene muchas carencias, pero las suplen con un trato bastante cercano con los padres, o por lo menos, con los padres interesados en ello, que de todo hay. El nivel académico es bastante alto, a pesar de que afirmen lo contrario aquellos a quienes la cosa no les ha ido bien. Tal es así que algunas de las matrículas de honor en la pasada Selectividad del mes de junio fueron conseguidas por alumnos que habían pertenecido al colegio.

Yo creo que más que denostar a la escuela no pública, deberían emplear su tiempo en otras tareas más provechosas, por ejemplo, recuperar una calidad de enseñanza que se perdió hace ya mucho tiempo. Yo soy de los tiempos de la EGB y el BUP y, aunque puedo apreciar algunas mejoras en el sistema actual, por lo general, está muy por detrás del sistema anterior.


Para empezar, tantos métodos pedagógicos nuevos para desarrollar en los niños la comprensión oral y escrita y, sin embargo, una simple redacción ha quedado relegada a los recuerdos de mi generación. Suerte que todavía existe la Cartilla Palau, con su método fotosilábico, y las libretas Rubio (¿quién no ha repetido hasta la saciedad sus famosos muelles y sus frases inclinadas?). Puedo afirmarles, ya que trabajo con niños, que cada día los niños de 8-9 años leen peor, y encima, sin entender lo que han leído.


Pasemos a otra asignatura: Geografía. Mis dos hijos juntos no han hecho ni la mitad de los mapas, ya fueran físicos o políticos, que hice yo de niña, y ¡ojo! a mano alzada, que me salían unos mapas de España versión panorámica que daban gusto. Y si hablamos de los países, es para echarse a llorar, la mayoría de los adolescentes de hoy en día no son capaces de localizar dónde está, por ejemplo, Uruguay y son capaces de meterle una patada virtual al mapamundi. ¡Cuántos de mi generación nos hemos aprendido incluso las banderas del mundo a modo de juego con el Iter Sopena!


Otro tema muy interesante: repetir o no repetir curso. ¿Qué es mejor? ¿”Traumatizar” al niño haciendo que repita ahora que no ha superado los niveles exigidos para cada nivel? ¿O que se traumatice ya adulto enfrentándose al mundo laboral con un título pero sin un nivel básico de conocimientos? Yo he suspendido a veces, he tenido que recuperar, he recibido la regañina o castigo pertinente de manos de mis profesores o mis padres y en absoluto me siento traumatizada, al contrario. Puedo entender que todo aquello fue por mi bien y que en su mayor parte dependía de mi esfuerzo y eso es lo que yo intento inculcarles a mis hijos.

Yo no soy de las que piensan que “cualquier tiempo pasado fue mejor”, me gusta mirar hacia delante, pero a veces, mirar hacia los lados me da hasta escalofríos y me pregunto qué base le estamos dando a aquellos que serán los adultos del mañana.


Ahora, la Junta de Andalucía ha puesto en marcha un protocolo para captar a niños con altas capacidades y así evitar posibles casos de fracaso escolar por parte de niños con estas características. La primera fase del protocolo ya está hecha, ha consistido en rellenar un cuestionario sobre cada niño de primero de Primaria y Secundaria. Vamos a ver en qué consiste la siguiente fase y adonde va a llegar todo esto. Lo que sí que no me gustaría ver es una educación “clasista”, es decir, de clases con niños muy listos, clases de niños normales y clases de niños torpes. En la diversidad está la riqueza, y lo que debe fomentarse es la convivencia entre personas de todo tipo.


En resumidas cuentas, sólo le pido que no se duerma en los laureles, que le dé importancia a lo que realmente la tiene y que no critique tanto a la escuela privada-concertada que, a fin de cuentas, le está sacando las castañas del fuego porque el Estado no tiene suficientes centros propios para otorgar este bendito derecho a la Educación a todos los niños de este país. Y si usted quiera realmente entretenerme y divertirme, me conformo con que me cuente una del Oeste.

jueves, 27 de octubre de 2011

Engañabobos

Hace unos días recibí una llamada de teléfono desde una tienda de telefonía móvil, informándome de una promoción por la que podía cambiar de móvil con un descuento de x euros más mis puntos acumulados por cliente. Y aunque no necesito perentoriamente cambiar de aparato, a pesar de que el tamaño de mis dedos es incompatible con el de mi móvil, me acerqué al establecimiento a ver que me ofrecían.


Para empezar, la chica que me llamó por teléfono no estaba, pero me atendió una compañera con grandes dotes comerciales y bastante charlatana, y haciendo caso omiso a la vocecilla interna que me advertía sobre su tono compadre de “tú y yo hemos comido en el mismo plato”, le pregunté qué me ofrecía.


De entre toda la exposición de móviles, me gustó uno en particular, pero he aquí que para poder llevármelo tenía que pagar un suplemento de 29 euros. Le dije que entonces no me interesaba cambiar por el momento pero ella me contestó muy afusiva: “¡No te preocupes, yo te añado puntos, tú me traes un móvil cualquiera que tengas en casa y te lo llevas sin coste alguno!” “¿Seguro, seguro?” le pregunté yo, “Por supuesto” me contestó. Así que la tarde siguiente, haciendo un forzado hueco en mi agenda diaria, me presenté de nuevo en la tienda, móvil antiguo en mano.


Después de sacar número y esperar un rato, llegó mi turno. Con su estilo familiar y campechano, la dependienta sacó del almacén el aparato de mis deseos y me pidió el viejo; le hizo muchísima gracia que viniera con su embalaje original, su cargador y todo en buen estado (de hecho, el móvil funciona), le desmontó la batería y fue a pasarlo por el escáner. Aquí vino la sorpresa, resulta que ahora no me descontaba nada por el móvil, ya que el modelo era antiguo. Me preguntó si no podía llevarle otro, le dije que no, así que no me quedaba más remedio que acoquinar 29 euros para poder llevarme el aparato nuevo.


Llegados a este punto le contesté que para eso, me quedaba como estaba, pero que eso no era lo que ella me había constatado el día antes. He aquí cuando su tono amigable se tornó algo chusco con un “¿Cómo, cómo, cómo?” bastante fuera de tono, al que yo respondí en un tono “perdona bonita, pero tengo más años que tú, y sé hablar con educación” diciéndole que, con absoluta certeza, ella me había ofrecido el terminal nuevo a cambio de CUALQUIER móvil (me pregunto qué significado tiene la palabra “cualquier” para ella), y me marché con la cabeza levantada, muy digna, aunque el coraje lo llevaba por dentro.


En el camino de vuelta a casa le daba vueltas al tema: qué hay que ver qué poca vergüenza, mi gozo en un pozo, y frases por el estilo. Llegué a varias conclusiones: que nadie vende duros a cambio de cuatro pesetas, que aquella célebre frase de “el cliente siempre lleva la razón” ha quedado obsoleta, que vivimos en una espiral de consumismo en la que todos giramos más o menos rápido (porque, en realidad, ¿para qué quiero yo otro móvil si éste funciona a las mil maravillas para lo que yo necesito) y en resumen, que para qué me voy a irritar, habiendo cosas más importantes por las que preocuparse. Al menos, la experiencia ha servido para algo: la musa de la inspiración me ha visitado dando forma a este post.


Ahora, que una cosa sí quiero decir: lo a gustito que yo me quedaría si me llamaran en otra ocasión de la misma tienda y les dijera que cómo quieren la pedorreta, si en mono o en estéreo.

sábado, 18 de junio de 2011

Mi casa es la mejor,...al menos para mí

No sé cuando nació la costumbre de enseñar las casas de las novias (ojo con la expresión, “de las novias”, como si el pobre novio no tuviera que ver nada con el asunto).


El caso es que durante años, las parejas próximas a casarse enseñaban su nuevo hogar los días previos al enlace. Con el tiempo, la costumbre parece haberse relajado, al menos en la capital. Tal vez los estilos actuales de vida han influido en ello: las parejas se van a vivir juntos sin pasar por la vicaría o el juzgado, los jóvenes se independizan del hogar paterno antes de formar el suyo propio; otras veces, el importante desembolso económico que supone montar una casa les hace empezar sólo con lo imprescindible, léase, cocina y dormitorio.

Yo pertenezco a esa generación que enseñaba su casa, y visto ya desde la perspectiva que dan los años pasados, es una de las cosas, que si el tiempo retrocediera, no volvería a hacer. Me explico:


Cuando alguien enseña su casa hay dos sentimientos encontrados: por un lado, el deseo de compartir con los seres más cercanos la alegría que se siente al iniciar este nuevo proyecto de vida, pero, por otro lado, también se manifiesta ese sentimiento maquiavélico de “restregar” tu dicha, especialmente a vecinas cotillas y familia política, y ojito con no olvidarte de avisar a ésta última, pues seguramente te lo estará recordando cada vez que coincidáis en un evento familiar común. Es algo así como tener un interesante diálogo a tres bandas con el angelito y el diablillo que se sientan en tus hombros.


Toda esta perorata viene a colación de un programa nuevo que se estrenó hace unos días en televisión. Es un concurso en el que cuatro participantes se enseñan sus respectivas casas entre sí y al resto de los televidentes; luego se votan entre ellos y el que sume más puntos recibe un premio económico.


Como el tema de la decoración es uno de mis favoritos y llevaban anunciando el concurso varios días, me picó la curiosidad y me puse a verlo la otra noche.


El resultado, por desgracia, más de lo que se estila en televisión en los últimos tiempos. A veces pienso que el ente televisivo tiene escondido un genio científico que ha descubierto el gen cotilla en nuestro adn y lo está explotando como la gallina de los huevos de oro, no al científico, sino al gen.


Visionado, sentada en el sofá, es para reír o llorar, según como le coja al cuerpo. A nadie le importa, ni siquiera a los propios concursantes el cariño con el que cada uno de ellos arregla y enseña su casa, simplemente porque es su casa. La idea es ganar, aunque sea poniendo de vuelta y media al “contrincante”, por la sencilla razón de que no tiene tu mismo estilo.


Por su puesto, la cordialidad, el agasajo, el que el otro te quiera hacer sentirte a gusto no suma puntos. La dinámica es la siguiente:


El dueño de la casa de turno recibe a los otros tres participantes, les da la bienvenida y los deja solos para que curioseen su casa. Después los invita a un aperitivo y cada uno otorga su puntuación y su opinión en sobre cerrado. Así en las cuatro casas. Al final del programa, cada uno por separado abre los sobres para ver las votaciones y, el que gana, además un talón con el premio. Resumiendo: por ¿mil euros?, invitas a tu casa a tres desconocidos (y medio país), dejas que la fisgoneen, los invitas a comer y después tienes que esperar a ver el programa para ver cómo te critican. Interesante, ¿verdad? ¿Quién se apunta? Yo no, por supuesto.


Mi casa no es la mejor, yo lo sé. Con los años, le voy haciendo cositas con el único fin de que todos estemos más a gusto en ella. Cuando alguien viene de visita, quiero que se sienta como uno más de la familia y no debemos de hacerlo muy mal de todo, porque mi casa es bastante concurrida. Mi casa no es simplemente una casa, es mucho más, MI CASA ES UN HOGAR.

martes, 5 de octubre de 2010

Las dimensiones del ser humano

Las dimensiones en las que puede crecer una persona son cuatro: la corporal, la intelectual, la moral y la espiritual. Todos los padres tenemos la misión de hacer crecer a nuestros hijos en todas estas dimensiones. En la corporal, procuramos darles a nuestros hijos la mejor alimentación, para que crezcan sanos y fuertes: además procuramos que desarrollen alguna actividad física para que puedan desarrollar sus potenciales. Desde la dimensión intelectual, desde luego, ¿qué padre no se preocupa por escolarizar a su hijo? Como no, intentando que tengan a su alcance los mejores materiales de estudio. Además nos place que lo básico se complemente con actividades para la que nuestros hijos tienen un don, como por ejemplo, la música o la pintura. En cuanto a la dimensión moral, todos procuramos inculcarles una serie de valores, de convivencia, de sociabilidad,… Pero llegado el momento de desarrollar la dimensión espiritual, esta pobre queda como el palito más corto del juego de los palitos.

¿En qué consiste la dimensión espiritual? Simplemente en consolidar que el principio y fin de las otras tres dimensiones es Dios. Así de simple. Esto es fácilmente entendible por un creyente, no hay muchas vueltas que darle, pero para la gran mayoría es una simpleza que no tiene la más mínima importancia.

La semana pasada comenzó la iniciación cristiana para niños en todas las parroquias de Málaga. En todas ellas, los padres, libremente, acudieron para solicitar este servicio. En la mía, como en todas las demás, ya llevábamos más de un mes trabajando y preparándonos para iniciar este nuevo ciclo. Doy fe del entusiasmo y cariño que ponen todos los catequistas, muchos de los cuales trabajan fuera de casa, además de cuidar de sus familias y sus hogares, pero aún así, dedican un “muchito” del tiempo que les falta para prestar este servicio, con el único pago de sentirse testigos de una fe. No estamos, como hemos llegado a oír, para “pasar un rato entretenidas”. Nuestras familias dan fe de lo que corremos y del tiempo que empleamos no sólo en la parroquia, sino también en casa, para preparar las sesiones de catequesis, incluso han participado en la preparación de más de una actividad. Ser catequista no es una obligación, es más bien, una necesidad y esto sólo es comprensible desde una postura de fe (véase I Cor, 9-16). Así que dadas nuestras circunstancias, nos prestamos al servicio adecuándonos al resto de nuestras obligaciones. Resultado: veintitantos catequistas no ponemos al servicio de unos trescientos niños, de martes a viernes. Al ver la cifra se puede pensar que tampoco es para tanto pero esto es un arma de doble filo. ¿Por qué? Porque los niños están también asistiendo al conservatorio, o al fútbol, o al balonmano, o a… un suma y sigue que no para.

Por eso, tras varias tardes cuadrando horarios y adjudicando grupos delante del ordenador, concluida la reunión con los padres hubo un aluvión de solicitudes para cambiar a los niños de día, porque ya lo tenían ocupado. Y no sólo con los niños que comenzaban su iniciación sino también con los que ya están en pleno proceso. Inaudito, no nos lo podíamos creer, el trabajo de varios días tirado a la basura. Además, la idea de cambiar el día de sus otras actividades, impensable, por eso decía yo al principio lo del palito más corto. Aún más, nos pedían un día concreto porque el resto de la semana lo tenían ocupado todos los días. Otra excusa: que no habían caído con los amiguitos del colegio. Craso error por parte de los padres; el espíritu de la Iglesia es de puertas abiertas, de fomentar la creación de nuevos vínculos y no de grupos cerrados. Para muestra, un botón: mi mejor grupo hasta la fecha, estaba formado por nueve niños de cinco colegios distintos y se hicieron una piña. Suelo verles por el barrio y en la parroquia, y el vínculo de cariño sigue ahí, no solo con ellos sino que también con sus padres.

Así que por parte de los catequistas únicamente nos queda rehacer el trabajo y por parte de todos, procurar lo mejor para los niños en las cuatro dimensiones y no olvidarnos de que los niños son sobre todo, eso: niños. Y los niños ¿qué hacen? Jugar.

domingo, 19 de septiembre de 2010

Más de lo mismo

Todavía sigo dándole vueltas al tema de la titulitis, como si se hubieran quedado en el tintero muchos pensamientos que quisiera expresar. En primer lugar quisiera disculparme si parezco presuntuosa al expresar mis ideas, nada más lejos de mi intención. A veces uno puede pecar de lo que critica. Como dice mi amiga Alicia, que nuestro encuentro con personas arrogantes nos sirva de espejo para no vernos reflejados a nosotros mismos, así que mantengamos el ojo avizor (sobre todo mirando nuestro interior).

El saber nos hace libres, nos hace asentar nuestros pies en el suelo, pero a veces, el exceso de saber nos vuelve engreídos, banales e indolentes, nos creemos superiores a los demás y poseedores de la verdad absoluta. Nada más lejos de la realidad. Como dice el dicho: “Nada es verdad ni mentira, todo es según el color del cristal con que se mira”.

No sé si me estoy expresando bien; voy a poner un ejemplo: una incipiente mamá puede leer todas las revistas y libros del mundo sobre bebés, pero cuando llega el momento de la verdad, cuando tienes a tu hijo en tus brazos, la teoría muchas veces se va al traste y el instinto salva la situación.

Como este ejemplo, miles. Si no ponemos el corazón en nuestras experiencias de vida, por mucha teoría que sepamos, nuestra existencia pierde color y calor, se vuelve gris y fría.

Una vez me inventé una máxima, que dice así: “Leer poco o nada embrutece, leer de más idiotiza”, y de ejemplo, Don Quijote. Vivamos nuestra vida usando la templanza de nuestra mente, pero no olvidemos nunca el puntito de calor que le da nuestro corazón.

martes, 14 de septiembre de 2010

Los tres regalos más hermosos para un hijo

A veces caen en nuestras manos auténticas perlas de sabiduría. El pasado domingo llegó hasta mí ésta, de manos de la hoja dominical de la Diócesis de Málaga. Su autor, Juan Antonio Paredes, del que ya publiqué otro artículo. Hermoso y cierto el de este pasado domingo, que transcribo literalmente y al que me suscribo sin condiciones:
"Hace unas semanas, los políticos presentaban como uno de los mejores logros de la Consejería de Educación la posibilidad de que el niño entre en el centro educativo a las siete y media de la mañana y permanezca allí todo el día, hasta las ocho de la tarde. Es una posibilidad real que ofrecen ya más de 350 colegios andaluces. Con todos mis respetos hacia otras opiniones, pienso que es un grave error. En el mejor de los casos, una solución para resolver situaciones familiares y laborales nada deseables. Porque los niños no son paquetes que se aparcan mientras se realizan tareas más importantes. Son niños y necesitan convivir con sus padres el mayor tiempo posible.
Cuando acaba de comenzar el curso, os sugiero que hagáis a vuestros hijos tres preciosos regalos. El primero, tiempo para convivir con ellos, para reír juntos y jugar, para seguir de cerca su proceso de desarrollo. Porque necesitan el cariño y la ternura de sus padres para madurar sus sentimientos, y eso es algo que no se aprende en la escuela.
El segundo, tiempo para que puedan jugar y expresarse libremente. Considero una actitud equívocada cargarlos de actividades complementarias y someterlos a un ritmo tal de actividades programadas que terminar por estresarlos y deprimirlos. El juego es uno de los mejores campos de aprendizaje y de crecimiento interior.
Y el tercer regalo, un clima de diálogo y compresión entre los padres. Cuando éstos gritan y se insultan entre si, el hijo se desorienta y se rebela. Muchas de las conductas difíciles tienen su origen en la falta de armonía entre los padres. Lo que hagamos por los niños es la mejor riqueza que les podemos dejar."
Interesante, ¿verdad? Para reflexionar un rato.

domingo, 4 de julio de 2010

¿Podremos?

Ayer ganó España. Ya ha pasado a semifinales, el miércoles por la tarde todas las calles del país volverán a estar desiertas. No es que yo entienda de futbol, pero disfruté viendo el partido. En casa teníamos preparadas las palomitas y mi hijo pequeño, vestido con la camiseta de la selección.

El momento del gol fue apoteósico, gritaron todos: mi marido, mis hijos, el vecino de al lado, el del tercero, los del bloque de enfrente… Vamos, un clamor popular. El bloque casi tembló. Cuando acabó el partido, y hasta bien entrada la madrugada, fue incesante el paso de coches tocando el claxon y las bocinas. Un auténtico paroxismo. Yo no sé lo que pasará si ganamos el miércoles, ¡ojalá!... ¿Y si ganamos la final? ¿Podremos?

A fin de cuentas, los jugadores sólo están cumpliendo con su trabajo; si disfrutan con ello, mucho mejor; y si nos hacen disfrutar a los demás, ¡olé! Pero es lo mínimo que pueden hacer ganando el sueldo que ganan.

A pesar de todo, me alegré mucho cuando Villa salió corriendo tras marcar, y más viendo como se abrazaban todos en plan melé; y Pepe Reina, la alegría del equipo, que tiene que disfrutar y sufrir tanto dentro del campo como en el banquillo. Tras terminar el partido, las conexiones con los aledaños del Santiago Bernabeu y otros lugares, visionando las reacciones del personal en los momentos clave del partido, todo ello nos hizo cenar con una sensación reconfortante.

Esta mañana todavía duraba la euforia. Al salir contemplé asombrada la floración de banderas nacionales en todas las terrazas, ¡se han multiplicado como champiñones! El futbol ha sido capaz de despertar en todos nosotros el sentido patrio, el amor a nuestro país.

Y ahora yo pregunto, sin ánimo de ofensa ni de aguar la fiesta: con cuatro millones de parados, ¿por qué no hemos colgado carteles en nuestras ventanas, al igual que estas hermosas banderas, protestando por esta situación? El sentimiento patrio hay que manifestarlo en todas sus facetas. ¿Podremos?