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martes, 26 de julio de 2016

Peregrinos

Hay caminos deseados y hay caminos inevitables. Hay caminos planificados y hay caminos imprevistos. Hay caminos compartidos que recorres en la más absoluta soledad y hay caminos en solitario donde siempre vas acompañado. Hay caminos agradables y otros que no lo son. Hay caminos queridos y hay caminos temidos. Hay caminos exteriores y hay caminos interiores, hay caminos de ida y hay caminos de vuelta. Todos los caminos son diferentes aunque recorras la misma ruta.

Hay caminos sencillos y hay caminos complicados, hay caminos fáciles y hay caminos difíciles. Hay caminos exitosos y hay caminos que son un absoluto fracaso. La diferencia entre unos y otros se haya en nuestra capacidad de vaciar nuestra "mochila" de todo aquello que nos impide crecer, madurar como personas, amar sin condiciones, perdonar sin límites. ¿Estás dispuesto a emprender tu propio camino?

viernes, 1 de enero de 2016

¿Me acompañas?


Son las diez de la mañana, en casa todos duermen; bueno, todos no, aún hay quien no ha aparecido y servidora ya anda en pie, pero no desde hace mucho.

Bueno, estrenamos otro año. A ver cómo se nos da. Porque depende de cada uno, también de la vida, de cómo se vaya dando por lo que únicamente debemos VIVIR, que no es poco.

Con el tiempo voy aprendiendo a no comer ansias, a vivir a corto plazo, a distancias cortas y la vida me va guiando, quiera o no quiera.  Siempre me emociono al comer las uvas, no puedo evitarlo y me pregunto que nos traerá cada nuevo año. Llegados a estos inicios del 2016, sólo pido salud, para los míos y para mí misma, lo demás ya se irá dando, sin prisa pero sin pausa.

Ya no sueño sueños imposibles y voy disfrutando de los pequeños placeres que me da la vida; por lo pronto, éstas han sido unas navidades muy especiales, unas navidades EN FAMILIA, con mayúsculas; no sólo con la mía propia, que es ya de por si una bendición, el mejor regalo que me pudo traer el Señor sino también por los momentos compartidos con los amigos, esa “familia” que escogemos voluntariamente y que nos acompaña en la cotidianidad. Una mesa compartida con aquellos a los que quieres y te quieren, con los que estás cómoda simplemente siendo tú misma es el mayor de los placeres y el mejor de los regalos. 

Si me preguntan “¿eres feliz?”, respondo: “sí, lo soy”, a pesar de mis miedos, de mis inseguridades; la felicidad no es efímera, simplemente está compuesta de pequeños momentos, de instantes preciosos, de reencuentros largamente deseados, de compartir una buena botella de vino delante del Portal de Belén, de sentirse en paz. Aún nos queda la visita de sus Majestades de Oriente, pero yo ya he recibido todo lo que pedí y me siento agradecida.

Os deseo todo lo mejor en este año que empieza: mucha salud, fuerza para luchar, ganas de soñar, ilusión por vivir y que la esperanza de un mundo mejor os acompañe siempre en vuestro día a día. ¡Feliz 2016!

miércoles, 31 de diciembre de 2014

Esencia

Iba a empezar diciendo "hemos sobrevivido al 2014", pero releyendo aquellos deseos que pedí con cada campanada del año que ya termina me parece injusto.  Gracias a Dios, se han cumplido casi todos por lo que no debo ser desagradecida.
 
Así que ahora lo único que pido es VIVIR, que no es poco ya que ahora estoy empezando a comprender que en esta vida todo es cuestión, bien de suerte, bien de voluntad, o mejor dicho, de voluntades y que las cosas se dan o no.
 
Eso sí, pongo por bandera mi entusiasmo, mis esperanzas y mis sueños "imposibles", esos que vuelven locos a mi círculo de confianza y por los que mi corazón y mi pensamiento vuelan muy, muy lejos aún teniendo los pies bien anclados en el firme pero ¡cómo soñar es tan bonito!
 
Sólo me resta desearos lo mismo, que seáis fuertes, confiados, agradecidos, esperanzados.  Recordad: LA VIDA ES UNA AVENTURA, ¿estáis dispuest@s a vivirla? ¡Feliz 2015 a todos!

lunes, 15 de octubre de 2012

Las musas dormidas

Cuando estudiaba en el instituto, en los cambios de clase solíamos jugar a un juego muy de chicos para ser un centro exclusivamente femenino. La dinámica era bastante simple pero a nosotras nos parecía algo realmente divertido: en los pasillos que daban a las clases había colocados unos bancos y nos sentábamos en fila hasta ocupar todo el asiento. La gracia consistía en sacar del banco a la que estuviera sentada en el extremo a fuerza de empujar. Reconozco que era un juego algo bruto pero las carcajadas estaban garantizadas viendo como los esfuerzos de la compañera de turno de apalancarse al banco resultaban inútiles ante la fuerza ejercida por el resto. El juego terminaba cuando veíamos aparecer al profesor al fondo del pasillo y corríamos al interior del aula.

En estos tiempos que corren me vuelvo a sentir así: al filo, agarrándome con brazos y piernas para no caer. Ya no resulta tan divertido, entonces lo más grave era un buen palmetazo contra el suelo, ahora la cosa es más complicada.

Tiempos difíciles, a pesar de que observe situaciones que me parecen incongruentes, tanto en políticos como en gente de a pie, que se quejan de boca pero que se contradicen con sus actos.

Nos hablan de austeridad y no la hay, es más no se ve, ni esa falsa austeridad ni la verdadera de muchas casas en las que realmente se está pasando necesidad en cuestiones elementales y básicas.

Nos hablan de solidaridad, y es verdad que la hay, pero hace falta todavía más y pienso que una manera de ser solidario es ser austero, ¿por qué no? Tantas cosas que consideramos imprescindibles luego no lo son tanto, ¿por qué no pararnos un momento a reflexionar sobre lo que nos es útil o no? Llegaríamos a sorprendernos de las pocas cosas que necesitamos para ser felices.

Este pequeño espacio personal nació de la necesidad de compartir muchos sentimientos, especialmente, felices y mi inspiración para crear nace de esos buenos momentos. Ser positivo, a pesar de todo, extender una mano de manera virtual para, por lo menos, arrancar una sonrisa a quien tenga la deferencia de leerme, ésa es y sigue siendo mi única intención, pero no corren buenos tiempos y las musas se encuentran aletargadas. Aún así, hoy sentí la necesidad de escribir estas palabras, para volver a extender mi mano, a los demás o por qué no, a mí misma.

sábado, 4 de agosto de 2012

De profesión: mis labores

Hoy no es 8 de marzo, no es el Día de la Mujer Trabajadora. De hecho, ¿quién es la mujer trabajadora? ¿La que trabaja fuera de casa? ¿O dentro? ¿O en los dos lados? Prefiero celebrar la festividad de San Juan de Dios, que coincide en el día y que conmemora a un hombre que trabajó, no sólo de día, sino también de noche, entregando su vida a los más desfavorecidos. Alguien digno de admirar e imitar.

Volviendo al tema, soy ama de casa y a mucha honra. Hace dieciséis años que no trabajo fuera de casa, pero dentro curro una “jartá”, como decimos por aquí. Mi horario de trabajo es de 24 horas, porque el día no tiene más. Todas esas horas me las administro como quiero, o sea, que soy una profesional independiente, pero al final de cada uno de esos días, cumplo con mi tarea y si algún día queda algo pendiente, así se queda, para añadir a las tareas del siguiente.

En su día trabajé fuera de casa, compaginándolo con mis tareas caseras pero llegó el momento de ser mamá y hubo que tomar una decisión. Eran los tiempos en los que la conciliación laboral-familiar era todavía un germen y no había colores para elegir, sólo blanco o negro, así que decidí quedarme en casa.

No me arrepiento de todos estos años vividos de un estilo, llamémosle, “tradicional”. Mi recompensa ha sido mucha, he tenido la tranquilidad de tener que levantar a mis hijos sólo para ir al colegio, así como la de estar a su lado cuando han estado enfermos, sin tener que cargarle la responsabilidad a nadie, aunque sé que se ofrecían con todo el cariño del mundo, pero soy de la opinión de que los abuelos tienen todo el derecho del mundo de ser abuelos, no padres de nuevo, y de consentir a los nietos a pesar de nuestras quejas, para un ratito la cosa está bien; ellos ya tuvieron sus años de lucha y ahora les toca relajarse.

He sido, y creo que sigo siendo, buena administradora de mi tiempo, con lo cual, en estos años, he podido otorgar a mis hijos horas de solaz, de juegos, de estar en familia, sin carreras, sin agobios. He podido ayudarles en sus tareas escolares sin prisas ni tareas acumuladas; mi relación con su centro educativo ha llegado mucho más lejos que unas cuantas tutorías, colaborando en actividades escolares y convirtiendo en amistad el vínculo profesor-padre.

No he estado apartada del mundanal ruido; he tenido tiempo de formarme, de dedicar una parte de mi tiempo a no quedarme anclada en el pasado, a ir con las nuevas tecnologías. Creo que soy una mujer de mi época, sino inteligente, al menos lo bastante espabilada como para no quedarme desfasada. Hasta hace poco he sido autodidacta y he de admitir, sin ánimo de ser pretenciosa, que he dejado boquiabierto a más de uno. No hay nada peor que los prejuicios y colgar etiquetas a priori; para muchos, ama de casa y nuevas tecnologías que no sean las ubicadas en el ámbito de la cocina son conceptos que no casan.

Lo peor del caso es que, a veces, somos las propias mujeres las que colgamos estas etiquetas. Parece que nuestro género no peca de corporativismo, y es una pena.

Ahora, en estos malos tiempos que nos están tocando vivir, en los que el futuro no pinta nada halagüeño, me toca de nuevo recargar pilas. Volver a incorporarse al mundo laboral es todo un desafío. Mantengo la ilusión y el optimismo que me caracterizan, más cuando descubro todo lo que aprendo. Mi jornada se ha vuelto mucho más intensa, casi un 200% más y aún así, me siento capaz de llevarlo hacia delante. Y es que, aunque suene a tópico, es verdad, las mujeres, además de saber qué color es el fucsia, sabemos hacer dos, tres y cuatro cosas a la vez. Cómo veis, me gusta reírme, sobre todo de mi misma.

Por eso hoy, aunque no sea 8 de marzo, quiero romper una lanza por todas las mujeres: las que trabajan dentro, las que trabajan fuera, las que trabajan en los dos lados, las que tienen la suerte de no trabajar en ninguno. Chicas, ¡somos geniales!

miércoles, 18 de julio de 2012

¡Pero que mona va esta chica siempre!

Y seguimos hablando de moda. Viendo la que está cayendo, merece la pena hacer un pequeño kit kat y vanalizar un poco, a modo de risoterapia, porque sino vamos a terminar tirándonos por las ventanas como en el Nueva York de 1929.



Comentaba en mi post anterior lo mal que vestimos actualmente; ese estilo "Yei Lo" pero en versión "cani" como dice la gente joven, que se extiende más rápido que una mancha de rotulador, que lo mismo vestimos para ir a la playa que para una entrevista de trabajo. Otro punto de estilazo: enseñar a todo el mundo nuestra ropa interior, vamos, que ya mismo iremos como Superman, con los calzoncillos por encima de los pantalones.



Señores, ¡un poquito de por favor! Como todo en esta vida, hay que tener un poquito de estilo. Nosotros marcamos la diferencia, esa que nos hace ser únicos y personales aunque sea en el más mínimo detalle.



No creo que sea muy difícil lograrlo, sólo hay que fijarse un poquito. Sí es cierto que tener estilo es un don, se nace con él o sin él. Y lo digo yo, que no tuve la suerte de lo primero. Pero sí me fijo en los demás y me cuestiono el poco o mucho arte a la hora de vestir.



Es cierto que el tipo y el bolsillo ayudan, aunque he de reconocer que a mí nunca me han acompañado: gordis nací y gordis moriré, aunque esto realmente no es una cuestión que me quite el sueño. Lo que es impepinable es que hay gente que están divinas de la muerte con una simple batita de andar por casa y otra, que llevando ropa de marca, parecen haberla cogido del contenedor.



En cuanto al bolsillo, pertenezco a la clase trabajadora, o sea, que ¡como no me toque la lotería!...y eso que nunca juego. Mi amiga Maite me dijo una vez que le encantaría poder ir a comprar ropa sin tener que mirar las etiquetas. ¡Ay, amiga! Tú y yo sabemos que eso solo le ocurrió a Julia Roberts y que nosotras nunca conoceremos a Richard Gere. A nosotras nos toca mirar y remirar, buscar y rebuscar, y llegada la oportunidad... pensar si no es mejor comprarle algo a los niños.



Así nos vemos, que tenemos un fondo de armario pero que muy hondo. Tanto que a veces me sorprendo de los años que tiene una prenda viendo algún video familiar o foto. Por ejemplo, tengo un traje al que llamo el "uniforme de los eventos", tiene sus añitos, pero ya ha solucionado cinco comuniones, un bautizo y una confirmación, ¡y lo que le queda! ¿Es o no es apañado mi traje? Seguramente una de las mejores inversiones de mi vida.



La verdad, sigo durmiendo a pata suelta. ¿Habrá cosas por las que preocuparse? Confieso que me da coraje cuando voy de compras y no encuentro nada con las tres "bes": bueno, bonito y barato, pero me voy defendiendo. La gente no se vuelve admirada a mi paso, pero tampoco espantada, y eso a mí me vale.


Lo que es una verdad como un templo es que aunque ahora que lo que se estila es ser un friki, hay un término de los ochenta que no ha pasado de moda, y no es otro que ser un HORTERA, que los hay a mogollón y que yo casi me libro de serlo por los pelos.


Y para terminar, un piropo para aquellos/as que se sientan, o no, aludidos: ¡Pero que mona/o va esta chica/o siempre!

domingo, 1 de enero de 2012

Propósitos y despropósitos

Hoy es el Día Mundial de los propósitos; los hay ya clásicos, como dejar de fumar, apuntarse a un gimnasio y adelgazar, aprobar los suspensos, etc. Los hay más innovadores, e incluso transgresores; en fin, los hay de tantas clases como personas somos.

El caso es que, visto de cierta manera, hoy no es un buen día para empezar a cumplir dichos propósitos. Sentada frente a la ventana, observo a la gente que pasa por la calle y a los padres columpiando a sus hijos en el parque que tengo justo enfrente. Hoy es un día raro, casi perdido, hoy es un día de resaca y no necesariamente por el alcohol; el simple hecho de robarle al sueño dos o tres horillas ya es motivo de que “amanezcamos” con el cuerpo rebotado, y lo digo con comillas porque la inmensa mayoría hemos aprovechado la cama hasta bien entrado el mediodía. Atrás quedaron los tiempos de rematar la noche con chocolate y churros, con los pies embutidos en unos tacones de infarto, hartos de bailar durante horas. Ahora, con el champán de las uvas y dos mojitos ya tenemos la noche hecha.

Hoy es un mal día para empezar a hacer régimen. Nos queda todo lo que nos sobró anoche de la cena, que todos los años decimos lo mismo, que no vamos a cocinar tanto y luego pasa lo que pasa, que volvemos a caer en el mismo error 365 noches más tarde. Pero aún hay más, nos queda el Día de Reyes, con esos roscones divinos, rellenos o no. Sin hablar, que hay que rematar restos de turrones y mantecados. O sea, que lo del régimen vamos a dejarlo para febrero.

Lo de estudiar también puede esperar, que para eso hay vacaciones hasta el día 9.

Me parece a mí que estamos empezando regular, ¿no? Así que, visto lo visto, este año me hago el propósito de no hacer propósitos, que luego no los cumplo y me da más coraje. Conforme vaya viniendo la cosa iré actuando.

Al menos, intentaré centrarme en no perder la coherencia, esa que creo que voy adquiriendo con el paso de los años, y con la que me toca lidiar en esa vorágine en la que parece convertirse la vida hoy en día, aunque a veces me sienta como un bicho raro.

En cuanto a los despropósitos, mejor ni acordarse de ellos. Este año que se ha ido ha sido en sí mismo un despropósito total, incluso con nombre propio: 2011. ¡Menudo año! Pésimo para muchas familias. Si tuviera color, sería el negro. Espero que todo lo vivido nos sirva de lección a todos, ciudadanos de pie y políticos, para que no se vuelva a repetir. Tengo una máxima en la que creo a pies juntillas: “Para atrás, ni para tomar impulso”. Llegados a este momento, creo que es de justicia darle un ligero matiz, y perdonadme la expresión: “y para atrás, para no cargarla otra vez” que creo que nos vendría fenomenal a todos.
Este año va a ser un año muy serio, austero incluso y bastante duro pero creo que iremos a mejor, aunque sea poquito a poco. Pongamos todos un poquito de nuestra parte para que poco a poco, al rostro del 2012 le vaya naciendo una sonrisa y un gesto de alivio. Por nosotros y por las generaciones venideras. Eso espero.

jueves, 27 de octubre de 2011

Once de once

Mi amiga Iris,me ha entregado el Premio "Gracias por tu amistad", que consiste en contestar a 11 preguntas. Yo recojo muy gustosa el premio y contesto al cuestionario con absoluta sinceridad. Tendría que nominar a once bloguers para entregarles el premio y seguir la cadena, pero ando algo vaga, ya que hoy la publicación ha sido doble, así que os invito a tod@s a contestar las mismas preguntas, sí queréis. Aquí van mis respuestas; Iris, espero que disfrutes.


1. ¿Te gusta leer? De ser así, ¿cuándo nació tu afición a ello?
Mucho, aunque hace mucho tiempo que no practico una lectura reposada, por placer, sino más bien por obligaciones (aunque gustosas).
Soy de la generación del bibliobús.
2. ¿Te gusta escribir? ¿Desde cuándo y en qué género te gusta más hacerlo?
Sí, es como una necesidad, por eso, el nacimiento de este blog hace casi dos años fue algo muy bueno para mí.
Mi estilo es…bouganvillero.
3. ¿Irás al estreno de Amanecer? :)
Noooo, cada vez que veo a Edward Cullen me dan ganas de comprarle un bocadillo de jamón. Mi hijo seguro que irá al estreno y me la contará, cuando me la pueda bajar de internet la veré, si aguanto despierta.
4. ¿Tu escritor/a favorito?
Ninguno en particular, me engancha la historia en sí.
5. ¿Tu película favorita?
Tengo muchas, pero por ejemplo, Gressy, Pretty Woman,… Porky´s (un referente de mi adolescencia)
6. ¿Tu mejor momento del día?
No sé, cuando estoy relajada, por ejemplo, leyendo, escribiendo o dándole vida a mis caprichos culinarios.
7. ¿Alguna amiga/o de la infancia, la adolescencia, que recuerdes con más añoranza, alguien a quien no has vuelto a ver y te gustaría hacerlo?
Tengo la suerte de que mis amigas de entonces siguen siendo las de ahora, aunque me gustaría volver a ver a gente del insti, aquella época fue maravillosa.
8. Se acercan entrañables fiestas, ¿te gusta la navidad? ¿Por qué, o qué es lo que más te gusta?
Me encanta la Navidad, aunque con los años se vuelve una más melancólica, ahora que el zafarrancho de montar el Belén no me lo quita nadie, y preparar el menú navideño es una gozada.
9. Un deseo para el nuevo año que se apróxima.
Por supuesto, trabajo, mucho trabajo, para todo el mundo y que esto empiece a remontar.
10. ¿Un miedo oculto que no puedas evitar aunque sepas que es absurdo o sin sentido?
A conducir, no lo puedo resistir, sé que es absurdo, o estoy esperando que el carnet se transforme en alfombra mágica.
11. Ahora te pregunto, ¿a qué edad te enamoraste por primera vez?
¡Uy, hace mucho ya! Lo mejor de todo es que ese primer amor sigue vigente como el primer día.

sábado, 3 de septiembre de 2011

Sobre abanicos y otras casualidades

Cuando estudiaba 2º de BUP, mi punto débil eran las Matemáticas, iba todo bien hasta que llegamos a los vectores en el espacio. Aquello de que los puntos se encontraban o no se encontraban en un espacio infinito, acotado en el fondo negro de la pizarra fue superior a mi capacidad deductiva, de tal manera que me quedaron para septiembre.

Hablando de paralelismos y puntos equidistantes, caigo en la cuenta de que, a veces, las personas somos como esos puntos que surcan el espacio, que corren paralelos, o a veces, se cruzan, y la lógica matemática pasa a convertirse en una divertida sucesión de momentos semejantes. Para muestra, dos ejemplos:


Yoli tiene mi misma edad, de hecho, nos llevamos dos meses. Los padres de ambas fueron de los miles de españoles que emigraron a Suiza buscando una vida mejor y, a consecuencia de ello, las dos nacimos allí. Mi familia volvió para España, pero la suya siguió allí. No perdimos el contacto durante años y nuestras vidas corrieron, sin saberlo, paralelas, de tal manera que, el día de mi boda me llevé la inmensa alegría de que vinieron a Málaga para acompañarnos, pero los más gracioso es que ¡ella volvía de su luna de miel con su marido! Cuando nació mi primer hijo, le escribí para darles la noticia y ella tardó en contestarme porque poquito tiempo después venía al mundo Marvin, su primer hijo. Años más tarde vinieron de vacaciones, ya las dos teníamos dos hijos cada una y cuál fue mi sorpresa cuando descubrimos que nuestros hijos pequeños habían nacido el mismo día pero con un año de diferencia. Hace ya bastante tiempo que nos despistamos un poquito, yo cambié de domicilio y perdí su dirección, pero me gustaría saber de su vida de nuevo, porque es de esas amistades que, viéndose tan poco, son especiales.


El otro ejemplo son Paco y Toñi. Toñi es prima de mi marido y yo la considero mía propia. Ambos son de esa gente buena a la que es fácil querer. Paco y Toñi y mi marido y yo nos casamos con un mes, más o menos de diferencia; cuando, los meses previos a los enlaces, nos veíamos, comentábamos como llevábamos el arreglo del piso y demás parafernalia. Poquitos días antes de su boda, cuando fuimos a ver su casa, me dijo: “¿A qué no sabes que regalito voy a repartir en el banquete?”, “¿No serán abanicos?” le contesté yo. La cara de las dos fue un cuadro, habíamos tenido la misma idea, además muy propia para los meses de Julio y Agosto.

Dos años más tarde, ellos tuvieron su primer hijo y fuimos a conocer al recién nacido; además del presente para el bebé llevábamos también la noticia de que un primito venía en camino. Después de pasar la tarde en su casa, de apretujar al bebé, de dar la noticia de nuestro embarazo, cuando ya estábamos de pie para marcharnos caímos en la cuenta de que no les habíamos preguntado por el nombre del niño, al hacerlo nos dijeron: “¡Alejandro!” y no sé por qué… pero me acordé de los abanicos, ¡ese era el nombre de queríamos poner nosotros a nuestro bebe si nacía varón! Por supuesto cambiamos el nombre, pero eso además tiene su historia, que contaré en otro momento. Tres años más tarde, las dos fuimos mamás de nuevo de otros dos varones. ¿Casualidad o destino? La verdad, no lo sé pero la situación me divierte muchísimo.


En definitiva, se me ocurre una nueva teoría matemática por la que las personas somos puntos brillantes en el Universo, que se mueven a su libre albedrío, que nos cruzamos, chocamos o vamos paralelos y que construimos un mundo bastante divertido.

lunes, 6 de junio de 2011

Estoy como un queso

Hace ya varios años, en la puerta del colegio, una madre comentaba lo mal que le había sentado a su marido cumplir los cuarenta; yo no lo entendía, lo mismo que me hacía muchísima gracia una vecina que estuvo cumpliendo los treinta y seis durante varios años seguidos, y otros pocos, cuarenta y dos,…hasta que me tocó a mí.

La verdad es que llegar a los cuarenta, en cierta forma, fue como echarme por encima un jarro de agua fría, tal vez porque interiormente no me sentía como yo creía que tenía que sentirse una mujer de cuarenta. Así estuve medio mosqueada unos tres años más, hasta que un día caí en la cuenta de que por qué preocuparse, en la vida vamos quemando etapas y cada una de ellas es una aventura.


Hoy es mi cumpleaños, y cumplo cuarenta y cinco añitos, y estoy más feliz que una perdiz, ¿por qué voy a quejarme? Aún me quedan MUCHÍSIMAS cosas por hacer y soy bastante perseverante. ¿Qué cómo me siento? No voy a ser yo quien lo diga, sino un escritor colombiano, llamado Santiago Gamboa, de quien una amiga ha hecho bien en enviarme este extracto de su discurso, y dice así:


Las mujeres de mi generación son las mejores. Y punto. Hoy tienen cuarenta y pico, incluso cincuenta y pico, y son bellas, muy bellas, pero también serenas, comprensivas, sensatas, y sobre todo, endiabladamente seductoras, esto a pesar de sus incipientes patas de gallo o de esa afectuosa celulitis que capitanea sus muslos, pero que las hace tan humanas, tan reales. Hermosamente reales.

Casi todas, hoy, están casadas o divorciadas, o divorciadas y vueltas a casar, con la idea de no equivocarse en el segundo intento, que a veces es un modo de acercarse al tercero, y al cuarto intento. Qué importa… Otras, aunque pocas, mantienen una pertinaz soltería y la protegen como ciudad sitiada que, de cualquier modo, cada tanto abre sus puertas a algún visitante.

Jamás vieron en el hombre a un enemigo a pesar que le cantaron unas cuantas verdades, pues comprendieron que emanciparse era algo más que poner al hombre a trapear el baño o a cambiar el rollo de papel higiénico cuando éste, trágicamente, se acaba, y decidieron pactar para vivir en pareja.


Son maravillosas y tienen estilo, aún cuando nos hacen sufrir, cuando nos engañan o nos dejan. Usaron faldas hindúes a los 18 años, se cubrieron con suéter de lana y perdieron su parecido con María, la virgen, en una noche loca de viernes o sábado después de bailar. Hablaron con pasión de política y quisieron cambiar el mundo. Aquí hay algunas razones de por qué una mujer de más de 45 nunca te va a despertar en la mitad de la noche para preguntarte…. “¿Qué estás pensando?” No le interesa lo que estás pensando.

Si una mujer de más de 45 no quiere mirar un partido de fútbol, ella no da vueltas alrededor tuyo. Se pone a hacer algo que ella quiere hacer y generalmente es algo mucho más interesante. Una mujer de más de 45, se conoce lo suficiente como para estar segura de sí misma, de lo que quiere, y de con quién lo quiere. Son muy pocas las mujeres de más de 45 a las que les importa lo que tú pienses de lo que ella hace. Una mujer de más de 45, tiene cubierta su cuota de relaciones “importantes” y “compromisos”. Lo último que quiere en su vida es otro amante posesivo.

Las mujeres de más de 45 son generalmente generosas en alabanzas. Ellas saben lo que es no ser apreciadas lo suficiente Tienen suficiente seguridad en sí mismas como para presentarte a sus amigas. Solo una mujer más joven e inmadura puede llegar a ignorar a su mejor amiga. Las mujeres se vuelven psíquicas a medida que pasa el tiempo. No necesitas confesar tus pecados, ellas siempre lo saben. Son honestas y directas. Te dicen directamente que eres un imbécil si es lo que sienten sobre ti. Tenemos muchas cosas buenas que decir de las mujeres de más de 45 y por múltiples razones…

Lamentablemente no es recíproco. Por cada impactante mujer de más de 45, inteligente, divertida y sexy hay un hombre con casi o más de 50… pelado, gordo, barrigón y con pantalones arrugados haciéndose el gracioso con una chica de 20 años y haciendo el completo ridículo.

¡¡¡Señoras… les pido perdón por ello….!!!


Así que hoy, con mis cuarenta y cinco añitos recién estrenados, mi celulitis, mis canas, mis arrugas y, sobre todo, con mis seres queridos, voy a celebrar este día tan especial con una tarta de queso que me ha salido de rechupete.

jueves, 7 de abril de 2011

La primavera...

...la sangre altera, o eso dicen. Yo no es que me sienta rara, al contrario, me encanta que ya entre el buen tiempo, aun a costa de las dichosas alergias que no se irán hasta los primeros baños en el mar.

Lo que sí es cierto es que, teniendo ya de por si un puntito inconformista, me entran las ganas locas de cambalachear todo tipo de objetos, en la casa, en el blog,… en donde sea, aun a sabiendas de que, seguramente, todo volverá a estar al final como al principio, pero en esas idas y venidas, ando entretenida un rato largo.

Hoy le ha tocado el turno al blog; no consigo encontrarle el puntito primaveral, y revisando entre el montón de imágenes que tengo, aparecieron estas Nancys primigenias, es decir, las originales, las de mi niñez, aunque he de confesar que yo nunca tuve una, tal vez debido a un despiste de mi madre, pero sí tuve una Sintra, que era algo así como la sucedánea, que mi tío pensó bien en regalarme.

Por ello no tuve ningún trauma, seguramente porque los juego de los chicos siempre me parecieron más divertidos y me adherí a la banda: el látigo, el mate, el poliladro, la lata,…, el trompo como que no, y las canicas, tampoco, pero el resto bien que lo jugué.

No por ello dejo de ser ahora una mujer normal y corriente, aunque muy agradecida con Dios porque me dio hijos varones, ¡a saber cómo me las hubiera apañada teniendo una niña!¡¿cómo le habría hecho las coletas?!

Pero bueno, que mi look bloguero se vuelve desde hoy, algo setentero y, a la vez, algo chivato de los años que porto,…¡y a ver cuánto dura!

domingo, 12 de diciembre de 2010

TE-COA-TLA-XOPE


Cuenta la tradición que en el 9 de Diciembre de 1531, iba el indio Juan Diego a escuchar misa al Convento de Tlaltelolco, y al llegar al pie de monte Tepeyac, oyó un canto de pájaros y una voz que lo llamaba, subió a lo alto donde se le apareció la Virgen María que le pidió que fuera al Obispo y le dijera que construyera un templo en su honor.

Juan Diego fue presto a dar el recado al Obispo Zumárraga, pero éste no le hizo mucho caso y le pidió que fuera otro día. Juan regresó al Tepeyac bastante decepcionado pero la Virgen le pidió que lo intentara al día siguiente.

Así lo hizo, y esta vez, el Obispo le pidió una señal, era el día 10. Juan Diego corrió a decírselo a la Señora pero Esta le pidió que regresara al día siguiente para entregarle la señal. Pero el indio no pudo hacerlo, porque su tío, Juan Bernardino, cayó muy enfermo. Así que el día 12, estando Juan Bernardino moribundo, Juan Diego se apresuró a traerle un sacerdote de Tlaltelolco, y al llegar al cerro decidió pasar por el lado este para no encontrarse con la Virgen, para poder atender primero a su tío. Cuál fue su sorpresa cuando la vio bajar y salirle al encuentro. El indio le pidió disculpas y la Señora le dijo que no se preocupara por su tío, que éste sanaría pero que él subiera a lo alto del cerro y recogiera unas hermosas flores que habían brotado y que se las llevara al Obispo como señal, para que éste viera y cumpliera lo que Ella había pedido. Juan cortó las flores y las colocó dentro de su kilma y corrió hacia la casa del Obispo.

Cuando llegó ante Fray Juan de Zumárraga, obispo de la ciudad, le contó los detalles de su cuarta aparición y desplegó su manto y, ante el asombro de los allí presentes, las flores cayeron al suelo, impregnando la estancia de un maravilloso aroma y todos vieron con enorme sorpresa la imagen de la Virgen estampada en la burda tela del manto.

Ese mismo día, la Virgen curó a Juan Bernardino, tío de Juan Diego y le contó lo que le había pedido a su sobrino; al hablarle en lengua azteca dijo “te-coa-tla-xope”, que quiere decir “aplastará a la serpiente de piedra”. En tiempo de Moisés y muchos años después un gran cometa recorría el espacio. Tenía la apariencia de una serpiente de fuego. Los indios de México le dieron el nombre de Quetzalcoatl, que significa “serpiente con plumas”. Tanto miedo les daba que le ofrecían sacrificios humanos y le hacían ídolos de piedra, en forma de serpiente emplumada, a los cuales adoraban.

Después de ver la sagrada imagen y leer lo que les dijo, los indios abandonaron sus falsos dioses y abrazaron la Fe Católica. Ocho millones de indígenas se convirtieron en sólo siete años después de la aparición de la imagen.

Los españoles al oír a Juan Bernardino les sonó como "de Guadalupe”, de ahí proviene la advocación a la Virgen.

Hoy es 12 de Diciembre, festividad de Ntra. Sra. De Guadalupe, para mí es un día muy especial, porque es el día de mi santo, y el de mi madre también. Y mi bisabuela se llamaba igual. Siempre he estado muy contenta y orgullosa de mi nombre, ya que por lo menos, aquí en España no es un nombre muy usual. Algunas personas se confunden y me dicen Lourdes, lo que me resulta rarísimo, porque no entiendo la confusión. He conocido personalmente sólo a siete mujeres más con mi nombre: mi madre, una vecina, dos compañeras del colegio (en 8º de EGB coincidimos las tres juntas en clase), una amiga religiosa, una chica que coincidió conmigo en una tienda y una monitora que tuve en mantenimiento físico. Para los extraños soy Guadalupe, para mis amigos, Lupe y para mi madre (y mis vecinas), Lupilla. De lo que más presumo de mi casa es de un lienzo enmarcado con la imagen de mi Virgencita que un amigo me trajo desde Méjico.
Hace años que la historia de Juan Diego me encandiló y hoy quiero felicitar a mi madre, en primer lugar y a todos los que compartimos este precioso nombre, mujeres y hombres (sí señor, que también los hombres pueden llamarse Guadalupe), a todos los Lupes de Méjico, país hermano que espero algún día la Virgen me permita visitar. Y no me olvido de mi “hermano mayor” Antonio, a quien la Señora siempre lo acompaña desde el día en que nació, y que fue quien me regaló este hermoso lienzo, para él unas mañanitas bien cantadas en el día de su cumpleaños.

Espero que paséis un lindo día y que no olvidéis que la Virgen siempre nos acompaña, ¡muchísimas felicidades!

lunes, 13 de septiembre de 2010

Titulitis

“Dícese de la enfermedad cuyo síntoma principal es creerse superior a los demás simplemente por tener estudios, particularmente, universitarios.” ¿Qué es lo que hace grande a una persona? Sencillamente, la humildad. Cuanto más humilde de corazón es una persona, más grande es.

Hoy tuve una agradable coincidencia: en el transcurso de la mañana me encontré, a diferentes horas, con dos amigos de la adolescencia. Hacía mucho tiempo que no los veía, a uno más que al otro pero el encuentro de hoy ha sido uno de esos momentos en los que se recupera la fe en el ser humano, o al menos, así lo veo yo.

Uno de ellos es abogado, el otro enfermero, más a la sazón, matrón. Son personas cualificadas y seguramente con una situación económica más que asegurada. Sin embargo, tiene algo que ya poseían cuando éramos niños, y es precisamente eso, humildad.

Todavía recuerdo nuestras correrías en el patio de la iglesia, con las consabidas regañinas de Rorro. Los dos eran muy donjuanes, pero las niñas los toreábamos con guasa, porque eran muy buena gente. Y así siguen siendo. No hace falta que una los vea para que el saludo tenga lugar, son ellos los que si te ven primero, se acercan a saludarte. Y siempre con la alegría de quien ve a alguien a quien aprecia.

Y es que no todo el mundo es igual; hay quien, con menos, ya se cree el Príncipe de Persia. Generalmente, estas situaciones, que me podrían causar cierto malestar, me las suelo tomar con sorna, no lo puedo evitar, y gracias a Dios, porque si no estaría siempre mosqueada y no es plan. Por eso, cuando me encuentro con alguien que hace mucho tiempo que no veía y me dice: “Yo trabajo en…., y tú, ¿estás trabajando?”, le contesto con guasa: “Dentro de casa, veinticuatro horas?”

Y es que no lo puedo evitar, hay cosas que hay que tomárselas con pitorreo; es lo mismo que me pasó una vez en la puerta del colegio: llevaba puesto un mambito suelto que capturó las miradas curiosas de más de una madre, hasta que hubo alguien que no pudo resistir la curiosidad y me preguntó si estaba embarazada, a lo que yo le respondí que no, que lo que estaba era gorda. O la vez que me preguntaron si me había echado mechas en el pelo, a lo que contesté que se me estaba cayendo el tinte. ¿Qué le vamos a hacer? Otra cosa que todos deberíamos de tener, aparte de la humildad, es sentido del humor.

jueves, 9 de septiembre de 2010

El final del verano

Aunque oficialmente el verano toque a su fin el próximo día 20 ¿ó 21? (nunca tengo claro exactamente cuando es), técnicamente, en casa, terminó ayer. Hoy, día 9, es algo así como una jornada de reflexión. En breve, los bártulos de la playa volverán al trastero, los bañadores y toallas a los armarios, se retomarán los horarios de colegio y comidas y empezaremos otro nuevo año escolar.

Resulta curioso, lo mismo ocurre en Año Nuevo; existe cierto paralelismo entre ambas fechas: se planifican nuevos proyectos, se hacen propósitos de enmienda, se desea lo mejor para un nuevo comienzo,… La diferencia estriba en que en estas fechas lo hacemos con más tristeza y pereza (será porque se acaba lo bueno).

¿Cuáles son mis proyectos? ¿Y mis propósitos de enmienda? Por lo pronto, quitar de en medio todos los trastos veraniegos y ordenar la casa. Tras casi tres meses de todos en casa, a todas horas, entrando y saliendo, ésta necesita una arremangada general y empezar por una punta y terminar por la otra.

Otro campo de batalla, ayudar a mis hijos a retomar las tareas escolares; tras unas vacaciones ociosas bien merecidas deben volver a ponerse las pilas para el nuevo curso. Los libros y materiales están casi a punto, queda ultimar algún que otro detalle.

Otro proyecto más: las catequesis en la parroquia. Ardua labor, que nadie lo ponga en duda. Este año estrenamos nueva camada de catecúmenos, le pido al Señor por ellos,…y por nosotros, los catequistas (una no sabe lo que pueden llegar a sorprenderte las nuevas generaciones). Este año estrenamos nuevo material, con el que estamos muy ilusionados.

En cuánto a mis propósitos de enmienda, el principal, bajar esos kilillos que el verano trae consigo, ya se sabe: la cervecita, los helados y el ritmo más relajado hacen mella. Lo siento mucho, pero no pienso renunciar a mis caprichos bouganvilleros, pero eso sí, ahora, con la fresquita, retomaré mis largas caminatas matutinas, que son mano de santo.

Mientras tanto, soñando con el próximo verano, para el que tengo pensado un deseo muy especial, sólo me queda tararear por lo bajinis, aquella canción del Dúo Dinámico, cual escena de Verano Azul y suspirar diciendo: “¡Adiós, verano, adiós!”

(Imagen obtenida de Google)

miércoles, 18 de agosto de 2010

El alma de las casas

¿Cuál es el valor de las cosas? ¿El puramente económico? ¿O va más allá? ¿Todo se debe medir por su importe monetario o por el esfuerzo que nos ha costado conseguirlo?

Hace unos días, fue éste el tema de conversación entre amigos, y definiéndose cada uno en una postura, yo aposté por lo último. Todo vino a colación porque en breve hará ya siete años que cambiamos de domicilio. Y lo hicimos de forma voluntaria, consciente e incluso buscada: nuevas necesidades requerían nuevas ubicaciones. Y el cambio, sin duda, fue a mejor ya que nuestra casa no es sólo nuestra casa, es nuestro hogar, lo que le da una dimensión mucho más profunda.

Sin embargo, nuestra primera casa siempre será un lugar muy especial para nosotros. En ella se fundó nuestro hogar. Al igual que muchas parejas, tras varios años de noviazgo y planes de boda, la búsqueda de nuestra primera casa se convirtió en una prioridad máxima, en el blanco de la diana de nuestra vida de pareja.

Tras varios intentos fallidos, de repente y casi sin darnos tiempo a pensar, en sólo dos días nos vimos dando la entrada para nuestro piso. ¡Y a estrenar! No nos lo podíamos creer.

A partir de ese momento, todo se volvió proyectos: planificar la cocina, elegir los electrodomésticos, pintura de paredes, amueblar las habitaciones, elegir las cortinas y los complementos… Poco a poco iba adquiriendo forma material algo mucho más profundo: nuestro proyecto de vida en común.

Y los primeros diez años de este proyecto transcurrieron en esa casa; en ella iniciamos nuestra vida de casados; en ella aprendimos a llevar una casa para adelante; en ella entraron nuestros hijos recién nacidos; en ella se celebraron Nochebuenas, Días de Navidad, Nocheviejas, Años Nuevos, Reyes Magos, cumpleaños y muchas reuniones de amigos…

Dicen que las cosas materiales no tienen alma pero yo creo que las casas sí que la tienen, tienen el alma de las personas que las habitan. Mi marido solía reírse, cuando al llegar, tras una noche de marcha con los amigos o de un viaje, al abrir la puerta, yo, aspirando fuerte, decía: “¡Qué bien, ya estamos en casa!”. Tal vez sea una tontería, pero yo lo sentía así, como un bebé que reconoce el olor de su madre, ese olor que le da la certeza de encontrarse en el lugar más seguro del mundo y donde mejor puede estar.

Pero la casa se nos quedaba pequeña y tuvimos que buscar otra más grande. Y dimos con ella, y aquí estamos. Es nuestro castillo, nuestra fortaleza, en ella seguimos celebrando de todo, aunque ya hay ausencias que los años y la vida fueron labrando. Como dije al principio, aunque el cambio fue consentido, también fue muy duro, derramé muchas lágrimas en aquellos días: tal vez, por todos los recuerdos vividos entre aquellas paredes; tal vez, por la incógnita de la nueva vida; tal vez por los nervios que acarreó la mudanza, ¡¿cómo pueden salir tantas cosas de los armarios?!

Aunque hubo algo que hizo la transición más fácil: aunque más grande, mi casa actual tiene casi la misma distribución que la primera y los muebles están dispuestos de la misma forma. Así se me hizo más llevadero. El paso definitivo llegó de la mano de dos acontecimientos: el primero, una noche, cuando al volver a casa y abrir la puerta, aspirando fuertemente le dije a mi marido: “Ahora ya sí huele a nuestra casa”; y el segundo, cuando volví a mi otra casa para visitar a la pareja que nos la compró, con motivo del nacimiento de su primer hijo: al entrar en ella no reconocí mi hogar, hasta el olor era diferente y curiosamente… me sentí aliviada.

¡Ah! Esa es otra, la casa nos la compró una pareja muy jovencita y muy ilusionada. Todavía recuerdo cuando les entregué las llaves y les dije: “Espero que seáis muy felices, porque esta casa tiene muy buenas vibraciones” ¡Y vaya si las tenía! Dos meses más tarde, ya estaba ella embarazada de su niño, y dos años más tarde, tenían la parejita. De manera que un día que nos encontramos nos dijeron entre risas: “¡Ya podíais haber dejado menos vibraciones!”.

De nuestro primer hogar guardo muchas fotografías y un vídeo de tal y como era la casa cuando la dejamos, para el recuerdo. En nuestra casa actual no sé cuantos años viviremos, espero que muchos, aunque ronda por ahí el deseo de disfrutar la jubilación más cerquita de la playa, en algo más pequeñito y de acuerdo a nuestras aptitudes físicas para entonces. Mientras tanto, iremos dejando nuestra alma aquí y después, ¡Dios dirá!

viernes, 13 de agosto de 2010

¡Feria!

Ya estamos en feria, la del verano, la feria de agosto, la feria de Málaga. Muchas ferias han pasado desde esta tierna fotografía. Desde entonces, creo que no me he vuelto a vestir de gitana; o tal vez sí, recuerdo un traje rojo, con lunares blancos a la edad de ocho añitos, al que le hice un siete montándome en un carrito de cojinetes de aquellos que hacíamos los niños para deslizarnos cuesta abajo por las calles a la hora de la siesta (hay que ver lo femenina que era, pero ¡y lo bien qué me lo pasaba!)

Aquí tenía dos y el globo hacía más bulto que yo. Mi madre dice que, ya de vuelta a casa, habían desaparecido la flor y el collar. Pero, ¡y lo graciosa que iba! Qué lastima que esa gracia se haya perdido con los años. Y no miento, no tengo ni idea de cómo se baila una malagueña o una sevillana; para bailarlas sería necesario parecerme a la Venus de Milo, porque no sé donde meter los brazos.

Pero a pesar de todo, la feria de Málaga es algo único. De mi infancia guardo recuerdos de los carricoches, del algodón de azúcar, de las bolsitas de chufas, los altramuces y el coco.

De mi juventud, la parte más gamberra. Ya se estrenó la feria de día en el centro, y por la noche, al Real. La inauguración, como no, a lo grande, con fuegos artificiales: todo un espectáculo de luz y…sonido. Y lo de los puntos suspensivos es porque la música sólo se escuchaba por televisión, si los veías en directo, sólo sentías el estruendo, y como te pusieras cerquita, tenías que esquivar las varillas que caían de los cohetes, como aquel año que los vimos en la Malagueta.

Bajar a la feria del centro por lo menos una vez era obligatorio. ¡Cuántas botellitas de Cartojal y platos de jamón y queso han caído! La juerga duraba hasta bien entrada la tarde, y el ambiente no decaía. Había quien pasaba directamente del centro al Real.

Por la noche, como no, al Real. Por el callejón del infierno pasábamos para verlo, no éramos mucho de atracciones, preferíamos gastarnos el presupuesto en las casetas, dónde bailábamos al son de estupendas orquestas que ponían lo mejor de su arte para la fiesta. Alguna actuación especial en la Caseta Municipal, como por ejemplo, el año que actuó Marta Sánchez y luego, de vuelta a casa. O por lo menos, eso intentábamos, ya que no sé que nos ocurría pero al salir siempre pasábamos por delante de la caseta del bingo, y siempre había un menda que nos regalaba cartones, para engancharnos a jugar, nunca nos tocó nada salvo un año que cayó un secador de pelo cutre salchichero, pero el personaje en cuestión no paraba de regalar cartones (juro que nunca compramos un solo cartón). Así que, haciendo mutis por el foro, nos escurríamos para encontrar nuestro coche.

Eso con suerte, porque a la hora de llegada, lo aparcábamos en un llano inmenso semivacío, que inexplicablemente, después aparecía lleno. En los primeros tiempos no se señalizaban los aparcamientos y siempre decíamos al aparcar: “desde aquí se ve el luminoso del Pryca”, pero lo que ocurría horas más tarde era que tu coche había cambiado de color, del polvorín que se levantaba y el susodicho cartel era visible desde cualquier punto de la feria, así que te tirabas media noche buscándolo.

Con la llegada de los niños cambió la cosa; si querías bajar al centro tenías que dejarlos con los abuelos; si los dejabas te daba pena, porque querías pasearlos vestidos de gitano. Total, que terminamos bajando por la tarde, ya con menos bullicio y con el calor más apaciguado, y acabábamos cenando todos juntos, niños y padres, eso sí, hartos de tacones de gitana, sombreros cordobeses y fajines.

La primera incursión de mi hijo mayor al Real de la Feria fue un desastre. Yo no sé lo que se le infundió al niño, que sólo contaba con un añito y medio, al escuchar el escándalo de las atracciones que tuvimos que dejar plantados a la otra pareja que venía con nosotros y nos tuvimos que marchar, para poder calmar al aterrorizado mocoso. ¡Quién lo diría ahora, que fue capaz de montarse en el Huracán Cóndor el año pasado! ¡Nada menos que cien metros de caída libre!

Ahora ya no bajamos al centro, nos da pereza, serán los años; pero sí vamos al Real por la noche, aunque sea una vez. Como los niños ya son grandes y han estado en varios parques temáticos de nuestra geografía, como que pasan de las atracciones, prefieren estar juntos, que es lo que les divierte, y nosotros, los papis, encantados, porque así el gasto se reduce considerablemente. (Je, je, hablando de poco gasto, un año a mis hijos se les antojaron unos peluches de Spyro, el dragoncito del juego de Playstation, de las máquinas esas del gancho, que tiene menos fuerza que un muelle de guita; pues bien, no sabemos que pasó pero con seis euros creo, ¡sacamos seis Spyros para los seis niños que llevábamos! No sabría decir quién se reía más, si los niños, cada uno con su peluche, o nosotros viendo la cara de desesperación del chino; en cuanto nos fuimos le pegó un meneo a los peluches de la urna que los dejó despanzurrados en el fondo.)

Total, esta noche comienza la Feria de Agosto, nuestra Feria. Deseo que todos los que la vivamos la disfrutemos con paz y concordia, con alegría y sin abusos. Que aquellos que montan sus pequeños negocios para estos días que obtengan un beneficio digno, en estos tiempos difíciles que estamos viviendo. Y que todos los malagueños demos ejemplo de acogida a todos los que nos visitan desde otros lugares, para que se sientan como en casa y vuelvan de nuevo. ¡Feliz Feria 2010!

El cartel de este año es obra del artista malagueño José Luis Bola Barrionuevo, es realmente bonito, y refleja la esencia malagueña.

martes, 22 de junio de 2010

¡Vacaciones!


¡Por fin! Ya estamos de vacaciones. Después de estos últimos días de colegio, ya podemos cambiar el chip.

La verdad es que hacía falta; después del ritmo de los últimos meses, los cuerpos y las mentes pedían a gritos un cambio.

Mis hijos están exhaustos: el tirón final de exámenes globales, resúmenes de libros, trabajos de Tecnología, etc. los tenía estresados. El esfuerzo ha valido la pena, y, como siempre, las calificaciones así lo demuestran, por eso se dejará caer algún detallito como recompensa al trabajo.

El plan del verano, el mismo que el de hace cuarenta años: playa, playa y más playa, piscina y relax. Los tiempos de crisis no dan para más, pero no importa. Ya somos afortunados por vivir en una ciudad como Málaga, con la playa ahí al lado. Y, además, con los tiempos, los estilos han cambiado: Cuando era niña, íbamos a la playa en autobús. ¿Quién no se ha montado en el coche del Chanquete? Nos levantábamos muy temprano para coger el coche en la cabecera, en la barriada anterior a la nuestra, para poder coger asiento, y nos repartíamos el utillaje: los niños, las sillas de la playa y la sombrilla, y las mamás, las cestas y neveras de playa. El autobús parecía una lata de sardinas, lleno hasta los topes, pero era realmente divertido.

De adolescente, íbamos en pandilla a Pedregalejo, a los espigones, con la toalla, el bronceador de zanahorias y el bonobús; como el presupuesto era tan ajustado, el trayecto desde nuestro barrio al centro lo hacíamos a pie, y desde el parque a la playa cogíamos el autobús del Palo.

Ahora, que ya se notan los años, nos hemos vuelto más señoritos: vamos en coche, eso sí, cargado hasta los topes: Superbolsón de playa, nevera, sombrilla XXL, hamacas,… y gracias a Dios que ya pasó el tiempo de bañeritas, pistolas de agua y cubitos. Vistos de lejos, parecemos exiliados. Ya en la playa, un espectáculo: primero una sombrilla, después otra, y otra,… nos juntamos hasta cinco familias y acabamos echando a la clásica parejita que estaba tan tranquila tomando el sol.

La juerga está asegurada, formamos más escándalo los mayores que los niños. Primero, clavando la sombrilla, que tiene su intríngulis. Menos mal que han inventado una cosa que parece un taco gigante que yo denomino el “violador de playa”: un pincho hueco con forma helicoidal que se hinca en la arena y dentro metes el palo de la sombrilla, lo que te garantiza que no se oxide. Y el colmo del playeo: el “pulpito”, un aro con cuatro ganchos que se cuela por el palo de la sombrilla y se aprieta con un tornillo y hace las veces de perchero. ¡El no va más de la comodidad! Ni el mismo McGyver inventaría una cosa así.

Una vez colocada la sombrilla, hamacas en posición de tertulia, bolsa de pipas en mano, y ¡a echar la tarde! Tras las pipas vienen los bocatas, y así nos pasamos la tarde, comiendo y dándole a la sinhueso, con idas y venidas intermitentes al agua. Cuando ya se pone la tarde, pues ya no queda otra que recoger, con cierta pereza, porque queda el empujoncillo final de enjuagar todo en casa. Pero al día siguiente, ¡vuelta a empezar!

Así que, preparándome con muchas ganas para otro estupendo verano, quiero desearos uno igual para todos los que me visitáis aquí. Que recarguéis pilas para el otoño-invierno y que no dejéis de venir a visitarme, que yo sigo aquí, o en el rincón de mis caprichos, siempre que la inspiración no me abandone y compartiendo con vosotros mis cosillas. ¡Feliz verano!

martes, 8 de junio de 2010

¡Y van...

…taitantos! Antes de ayer fue mi cumpleaños y es por pura coquetería que no revelo cuántos caen, pero ya son unos pocos. Ya de noche, repasando lo acaecido en el día, recordé este “viejo” retrato. Mucho ha llovido desde entonces: sirimiris, aguaceros, tormentas y agüítas frescas de Mayo, pero la esencia de la bouganvilla permanece intacta. Ya no revolotean en mi estómago aquellas mariposillas locas de entonces cuando llegaba el día, pero amanezco con un ánimo estupendo, a sabiendas de que caerá alguna sorpresilla. Lo que más me gusta no es el regalo en sí, sino la ilusión de quienes me lo regalan. Y la verdad, me conocen muy bien, porque siempre aciertan de pleno.

Ahora soy yo la que prepara un menú especial y me gusta compartirlo en familia, o con los amigos. No soplo velas, porque ya no caben en la tarta, a no ser que sean de números.

Lo más curioso es que, al verme en el espejo, no concuerdan la imagen reflejada con la imagen interior; ésta última siempre es más joven. La primera, a veces, me deprime una pizquilla, pero me consuelo porque la mayoría de mis arrugas son de reír. Espero seguir cumpliendo muchos más y que, cuando sople ochenta velas, mis nietos digan: “¡Qué abuela más guay tengo!”



(Este es mi primer ciberregalo, como no, de mi inestimable Iris que siempre se acuerda de mí y que algún día, estoy segura, me firmará una de sus estupendísimas novelas, aunque ella no se lo crea)

domingo, 30 de mayo de 2010

Villa Bouganvilla

Sentada en este lindo rincón de mi pequeño jardín, observo embelesada todo lo que me rodea. La tarde empieza a ponerse, el calor ya no es tan intenso y el juego de luces me mantiene entretenida, fantaseando desde mi asiento.

Hace un rato que me senté aquí para leer un poco, pero los sonidos y aromas que me rodean han hecho imposible la tarea, y me he dejado llevar.

El sonido intermitente de los coches es testigo de la vuelta a casa tras una tarde de playa. Retazos de conversaciones, que se acercan y se alejan delatan que el día comienza a refrescar y la noche empieza a cobrar vida. La exuberante bouganvilla hace ya mucho tiempo que se apoderó de la verja, lo que me permite preservar mi intimidad y, al mismo tiempo, convertirme en espía de la vida tras el muro. Resulta singular, porque es distinta a las de las casas colindantes; el color de sus flores no es morado, sino naranja, un capricho consentido. Sus flores llenan todo el muro, y se esparcen bulliciosas sobre la acera.

Inspiro profundamente y cierro los ojos; el mar está cerca, puedo olerlo. También percibo el olor de las brasas, prólogo de otra noche más de ricos espetos, plato autóctono de mi tierra, tan sencillo como complicado, porque hay que tener arte malagueño para saber espetar sardinas.

Abro los ojos; el libro sobre la mesa no consigue conquistarme, una dulce flojera se apodera de mí y paseo mi mirada por el jardín, mi pequeño rincón del paraíso.

Es más bien pequeño, pero en él se han cumplido todos mis deseos. Lleva la esencia de los míos y la mía propia. A la izquierda de la alegre bouganvilla crece un hermoso rosal; ahora no tiene rosas, pero cuando florecen son espectaculares, porque son amarillas. Una pequeña palmera de Java, crece espigada a la derecha de la cancela de hierro. Cuatro brotes nuevos, ahora flexibles, dentro de unos días se convertirán en un tormento si te acercas desprevenido.

Desde la verja a la puerta de la casa, un pequeño camino de losas de barro, con llagas de fino césped, que pretende invadirlas sin éxito. Flanqueando la entrada, bajo la arcada, dos formidables macetones de barro cocido: a un lado, una robusta dama de noche, que empieza a seducir con su perfume de dama distinguida; al otro, un delicado jazmín cuyas tímidas flores pretenden emular a la noble señora, pero sólo la noche les dará permiso para hacerlo.

Delante, en el césped, un laurel y un pequeño naranjo, rodeados por alcorques de ladrillo, hacen de guardianes del castillo. Entre ellos, la bonita mesa redonda de forja, con sobre de mosaico, y sus cuatro sillas a juego, donde me hallo sentada, disfrutando de la vista.

De pronto, una voz - “¡Mami!”- me saca de mi abstracción. ¡Dios mío, pero qué tarde es! Hora de las últimas tareas del día, antes de que Morfeo me acune en sus brazos. Me levanto con pereza y con el deseo de volver a mi pequeño rincón del paraíso.

Pasado y presente, fantasía y realidad, sueños cumplidos y por cumplir se unen en esta metáfora onírica, y se la quiero dedicar a Alicia, que con sus posts fue la musa inspiradora de este relato.

sábado, 29 de mayo de 2010

Un hermoso jarrón

La amistad es como ese lindo jarrón que nos regalaron y que nos enamoró de primera hora. Luce hermoso en el mueble del salón, y lo contemplamos embelesados desde el sofá, orgullosos de poseer una pieza tan singular.

Al principio, cuando hacemos limpieza, vamos con esmero, procurando no darle ningún golpe; pero con el tiempo, nos relajamos y, un día, sin querer, le damos un pequeño golpe y lo desconchamos. El enfado con nosotros mismos es monumental y nos prometemos tener más cuidado la próxima vez. Eso sí, lo giramos para que no se vea el desportillado.

Pero otro día, otra vez sin querer, le volvemos a dar otro golpe, y se parte en varios trozos. Con muchísimo pesar, lo pegamos con pegamento, y lo colocamos en su sitio.

Pasa el tiempo, y el jarrón sigue ahí, en el mueble. Luce hermoso, no concebimos otro sitio donde pueda lucir mejor. Las grietas y desconchados de los sucesivos golpes le han dado una hermosa pátina, como una antigüedad, única y delicada.

Pero un día, sin desearlo, de un golpe, el jarrón cae al suelo y se rompe en mil pedazos. Ya no hay remedio que valga, la única solución que nos queda es recoger los pedazos y tirarlos a la basura.

La diferencia entre la amistad y una hermosa pieza de cerámica es que, si ésta última se nos rompe, siempre podremos encontrar otra igual o mejor que ocupe su lugar. Una amistad que se rompe nunca podrá ser sustituida por otra, y la grieta que quede en nuestro corazón será para siempre.