jueves, 23 de septiembre de 2010

Otoño dulce


Hoy comienza el otoño y el día ha amanecido gris y lluvioso, como adelanto de lo que nos depararán los meses venideros. Sin embargo, la temperatura es agradable, con su puntito bochornoso, con “blandura”, como dicen los del campo o como solemos decir por aquí, “el veranillo de los membrillos”. Es como si nos saludara diciendo: “¡Eh, qué ya estoy aquí, iros acostumbrand0!”

No es un día triste hoy, resulta incluso grato, como un bálsamo tras los calurosos días que hemos dejado ya atrás. Dicen que este otoño va a ser suave, veremos si aciertan. Y aunque los días de lluvia a veces son engorrosos, ya se sabe, siempre llueve a la hora de entrada y salida del colegio y el tema de las coladas llega a ser una completa locura, apetece ver llover tras el cristal mientras se saborea una taza de café bien calentita o arrebujarse entre la ropa de cama con el sonido de la lluvia como hilo musical.

Llega el tiempo de acomodarse en el sofá y disfrutar de una buena película en familia, o de compartir partida de un divertido juego de mesa, descubriendo quien lleva el gen fullero, o de asar castañas y comerlas calentitas. Tardes grises y húmedas que, necesariamente, no tienen que ser tristes. Así que no nos demoremos más, preparémonos para vivir un otoño dulce y lánguido, que también tiene su puntito.

Living la noche loca


¿Quién lo diría? Los años no pasen en balde. Ahora, con una cervecita en el aperitivo, una copa de vino en la comida y un espirituoso en la sobremesa ya vamos listos de papeles.

También es cierto que los padres de hijos adolescentes nos llevamos las manos a la cabeza cuando vemos programas de televisión tipo arenamixes o callejeros, donde nos muestran como se divierte hoy en día la juventud. Sinceramente, se nos encoge el corazón y pensamos: “Dios mío, que mi hijo no me salga así”. Y no caemos en la cuenta de que no todos los jóvenes son así ni recordamos que en nuestra época también había de todo.

Hace unos posts hablaba de los lugares que solíamos visitar para comer los jóvenes de los años 70, 80 y 90; también prometí que, algún día hablaría del tema bebida. Y como lo prometido es deuda, hoy me lanzo a rememorar mi época “canalla”, como diría Sabina, que, sin ser pervertida, tampoco fue tan mojigata.

Las primeras salidas, siempre en pandilla, coincidieron con la entrada al instituto, el paso al B.U.P., o sea, Bachillerato Unificado Polivalente, para los que no se acuerden. ¿Quién, de la época de los 80, no ha entrado a tomarse un refresco o una cerveza a La Garrafa, en calle Méndez Núñez? Hace años que no entro; cuando bajo al centro y paso por la puerta me pregunto si todavía es lugar de encuentro de gente joven, supongo que sí. Era, y es, un establecimiento tipo bodega, con los barriles de vino colocados unos encima de otros, con el nombre en la tapa. Me daba realmente pavor entrar, ya que nos solíamos sentar al fondo, porque siempre estaba a tope, y para llegar hasta él, tenías que hacer el paseíllo, es decir, atravesar todo el bar hasta el final mientras todo personal sentado te daba el repaso. Aquello era algo que mis complejos adolescentes no podían soportar; ahora me causa risa, pero en aquellos tiempos era más bien un suplicio.

Otro lugar más que concurrido era Bárcenas, un poco más adelante, en la Plaza de Uncibay. Su especialidad: la cerveza, o más bien, las medidas en las que te la servían. Ahí nunca entré, aunque conozco a más de uno que recuerda cada una de ellas, así como el arte de beber cerveza con pajita.

Un lugar insigne: El Pimpi, establecimiento con solera, visita obligada para todos los foráneos y parroquianos. Bodega con dos entradas, una por calle Granada, la otra por Alcazabilla. Singular su planta a dos niveles y peculiar la escalera que los comunicaba, con su baranda de maroma trenzada. Quien pase por Málaga no puede irse sin visitarla, si quiere capturar la esencia malagueña.

Los años iban pasando, y el abanico de posibilidades se iba abriendo, de la misma forma que se iba abriendo el permiso paterno para llegar más tarde a casa. La Plaza de Mitjana y aledaños estaban repletos de baretos de todos los tipos y colores, aunque no solíamos frecuentar mucho la zona por el intenso barullo que siempre había. Existía un local, creo recordar, en la esquina de C/Ángel, frente a la papelería Morales, que marcó tendencia, sirviendo sidra en vasos chatos, pero no consigo acordarme del nombre.

También estaban los bares de la Malagueta, todavía en activo, como el Malaca o El Navegante, visita obligada cuando íbamos de boda, entre la ceremonia y el banquete. Pedregalejo vivió su época dorada, recuerdo el Bolivia 41, donde servían unos zumos naturales de cuchillo y tenedor: los batían con nata y estaban tan densos que ponías cara de pez cuando sorbías la pajita, y eso que era de diámetro más ancho del normal, pero el zumo no conseguía subir por ella. O Lemon, donde la sangría entraba ligera, ligera y no te dabas cuenta del efecto hasta que te levantabas.

Caso tipo expediente x: Coco´s, hoy Limonar, 13, en la calle del mismo nombre. Ibamos de año en año, por vergüenza, ya que nunca pagábamos, pero no adrede. El sitio era y es una pijada: chalet inmenso en zona residencial habilitado como bar de copas. El ambiente, ahora más relajado pero por aquel entonces siempre estaba a tope, si conseguías sentarte pedías las copas, que abonabas al salir, pero llegado el momento, no había forma humana de hacerlo, porque los camareros no te atendían por más que los llamabas, por lo que solíamos salir de extranjis y sin mirar para atrás hasta el año siguiente, por si acaso se acordaban de nuestras caras.

Pero el sitio del que guardo el recuerdo más grato es, o mejor dicho, era El Café Teatro, en la Calle de los Afligidos. Ubicado en la que fue casa del escultor Pedro de Mena, era el último bar de la noche, donde siempre íbamos a tomarnos como decíamos, “la penúltima”; el ambiente era íntimo, solían exponer cuadros y tenía un patio realmente encantador, donde la conversación relajada, ya con el cansancio de la trasnochada, podía ir acompañada de un refresco, un café o su típica agua de Valencia, servida en jarritas, con su canela por encima.

Pero, como dije, al principio, los años no pasan en balde. Nuevas situaciones dieron paso a nuevas ubicaciones. Las salidas nocturnas fueron sustituidas por las diurnas. Si acaso, una al año, por aquello de que no hace daño. Es, como diría, el Rey León, el ciclo de la vida.
Fuente imágenes: Google

miércoles, 22 de septiembre de 2010

Cuaderno de bitácora


El viaje está a punto de comenzar, la fragata “San Juan de Dios” está calentado motores. Tenemos el mejor capitán del mundo, el que nunca dejará que el barco naufrague y que siempre llegue a buen puerto.
Toda la tripulación se encuentra dispuesta para zarpar e iniciar un emocionante periplo cuyo destino es, sencillamente, el Paraíso. En sus equipajes, con mucha ilusión, “prendas” a estrenar realmente bonitas.
Las bodegas del navío están repletas de ilusión, esperanza, ganas de trabajar, pero sobre todo, de muchísimo amor.
Esperamos con ansia al nuevo pasaje, para compartir con ellos este hermoso periplo, para crecer juntos a lo largo de la travesía. Así que sólo queda decir: ¡Todos a bordo, el barco va a zarpar!
(No están todos los que son, pero los que están, son; y al fondo, una hermosa imagen de la Parábola del Hijo Pródigo, Lc. 15)

domingo, 19 de septiembre de 2010

Más de lo mismo

Todavía sigo dándole vueltas al tema de la titulitis, como si se hubieran quedado en el tintero muchos pensamientos que quisiera expresar. En primer lugar quisiera disculparme si parezco presuntuosa al expresar mis ideas, nada más lejos de mi intención. A veces uno puede pecar de lo que critica. Como dice mi amiga Alicia, que nuestro encuentro con personas arrogantes nos sirva de espejo para no vernos reflejados a nosotros mismos, así que mantengamos el ojo avizor (sobre todo mirando nuestro interior).

El saber nos hace libres, nos hace asentar nuestros pies en el suelo, pero a veces, el exceso de saber nos vuelve engreídos, banales e indolentes, nos creemos superiores a los demás y poseedores de la verdad absoluta. Nada más lejos de la realidad. Como dice el dicho: “Nada es verdad ni mentira, todo es según el color del cristal con que se mira”.

No sé si me estoy expresando bien; voy a poner un ejemplo: una incipiente mamá puede leer todas las revistas y libros del mundo sobre bebés, pero cuando llega el momento de la verdad, cuando tienes a tu hijo en tus brazos, la teoría muchas veces se va al traste y el instinto salva la situación.

Como este ejemplo, miles. Si no ponemos el corazón en nuestras experiencias de vida, por mucha teoría que sepamos, nuestra existencia pierde color y calor, se vuelve gris y fría.

Una vez me inventé una máxima, que dice así: “Leer poco o nada embrutece, leer de más idiotiza”, y de ejemplo, Don Quijote. Vivamos nuestra vida usando la templanza de nuestra mente, pero no olvidemos nunca el puntito de calor que le da nuestro corazón.

martes, 14 de septiembre de 2010

Los tres regalos más hermosos para un hijo

A veces caen en nuestras manos auténticas perlas de sabiduría. El pasado domingo llegó hasta mí ésta, de manos de la hoja dominical de la Diócesis de Málaga. Su autor, Juan Antonio Paredes, del que ya publiqué otro artículo. Hermoso y cierto el de este pasado domingo, que transcribo literalmente y al que me suscribo sin condiciones:
"Hace unas semanas, los políticos presentaban como uno de los mejores logros de la Consejería de Educación la posibilidad de que el niño entre en el centro educativo a las siete y media de la mañana y permanezca allí todo el día, hasta las ocho de la tarde. Es una posibilidad real que ofrecen ya más de 350 colegios andaluces. Con todos mis respetos hacia otras opiniones, pienso que es un grave error. En el mejor de los casos, una solución para resolver situaciones familiares y laborales nada deseables. Porque los niños no son paquetes que se aparcan mientras se realizan tareas más importantes. Son niños y necesitan convivir con sus padres el mayor tiempo posible.
Cuando acaba de comenzar el curso, os sugiero que hagáis a vuestros hijos tres preciosos regalos. El primero, tiempo para convivir con ellos, para reír juntos y jugar, para seguir de cerca su proceso de desarrollo. Porque necesitan el cariño y la ternura de sus padres para madurar sus sentimientos, y eso es algo que no se aprende en la escuela.
El segundo, tiempo para que puedan jugar y expresarse libremente. Considero una actitud equívocada cargarlos de actividades complementarias y someterlos a un ritmo tal de actividades programadas que terminar por estresarlos y deprimirlos. El juego es uno de los mejores campos de aprendizaje y de crecimiento interior.
Y el tercer regalo, un clima de diálogo y compresión entre los padres. Cuando éstos gritan y se insultan entre si, el hijo se desorienta y se rebela. Muchas de las conductas difíciles tienen su origen en la falta de armonía entre los padres. Lo que hagamos por los niños es la mejor riqueza que les podemos dejar."
Interesante, ¿verdad? Para reflexionar un rato.

lunes, 13 de septiembre de 2010

Titulitis

“Dícese de la enfermedad cuyo síntoma principal es creerse superior a los demás simplemente por tener estudios, particularmente, universitarios.” ¿Qué es lo que hace grande a una persona? Sencillamente, la humildad. Cuanto más humilde de corazón es una persona, más grande es.

Hoy tuve una agradable coincidencia: en el transcurso de la mañana me encontré, a diferentes horas, con dos amigos de la adolescencia. Hacía mucho tiempo que no los veía, a uno más que al otro pero el encuentro de hoy ha sido uno de esos momentos en los que se recupera la fe en el ser humano, o al menos, así lo veo yo.

Uno de ellos es abogado, el otro enfermero, más a la sazón, matrón. Son personas cualificadas y seguramente con una situación económica más que asegurada. Sin embargo, tiene algo que ya poseían cuando éramos niños, y es precisamente eso, humildad.

Todavía recuerdo nuestras correrías en el patio de la iglesia, con las consabidas regañinas de Rorro. Los dos eran muy donjuanes, pero las niñas los toreábamos con guasa, porque eran muy buena gente. Y así siguen siendo. No hace falta que una los vea para que el saludo tenga lugar, son ellos los que si te ven primero, se acercan a saludarte. Y siempre con la alegría de quien ve a alguien a quien aprecia.

Y es que no todo el mundo es igual; hay quien, con menos, ya se cree el Príncipe de Persia. Generalmente, estas situaciones, que me podrían causar cierto malestar, me las suelo tomar con sorna, no lo puedo evitar, y gracias a Dios, porque si no estaría siempre mosqueada y no es plan. Por eso, cuando me encuentro con alguien que hace mucho tiempo que no veía y me dice: “Yo trabajo en…., y tú, ¿estás trabajando?”, le contesto con guasa: “Dentro de casa, veinticuatro horas?”

Y es que no lo puedo evitar, hay cosas que hay que tomárselas con pitorreo; es lo mismo que me pasó una vez en la puerta del colegio: llevaba puesto un mambito suelto que capturó las miradas curiosas de más de una madre, hasta que hubo alguien que no pudo resistir la curiosidad y me preguntó si estaba embarazada, a lo que yo le respondí que no, que lo que estaba era gorda. O la vez que me preguntaron si me había echado mechas en el pelo, a lo que contesté que se me estaba cayendo el tinte. ¿Qué le vamos a hacer? Otra cosa que todos deberíamos de tener, aparte de la humildad, es sentido del humor.

jueves, 9 de septiembre de 2010

El final del verano

Aunque oficialmente el verano toque a su fin el próximo día 20 ¿ó 21? (nunca tengo claro exactamente cuando es), técnicamente, en casa, terminó ayer. Hoy, día 9, es algo así como una jornada de reflexión. En breve, los bártulos de la playa volverán al trastero, los bañadores y toallas a los armarios, se retomarán los horarios de colegio y comidas y empezaremos otro nuevo año escolar.

Resulta curioso, lo mismo ocurre en Año Nuevo; existe cierto paralelismo entre ambas fechas: se planifican nuevos proyectos, se hacen propósitos de enmienda, se desea lo mejor para un nuevo comienzo,… La diferencia estriba en que en estas fechas lo hacemos con más tristeza y pereza (será porque se acaba lo bueno).

¿Cuáles son mis proyectos? ¿Y mis propósitos de enmienda? Por lo pronto, quitar de en medio todos los trastos veraniegos y ordenar la casa. Tras casi tres meses de todos en casa, a todas horas, entrando y saliendo, ésta necesita una arremangada general y empezar por una punta y terminar por la otra.

Otro campo de batalla, ayudar a mis hijos a retomar las tareas escolares; tras unas vacaciones ociosas bien merecidas deben volver a ponerse las pilas para el nuevo curso. Los libros y materiales están casi a punto, queda ultimar algún que otro detalle.

Otro proyecto más: las catequesis en la parroquia. Ardua labor, que nadie lo ponga en duda. Este año estrenamos nueva camada de catecúmenos, le pido al Señor por ellos,…y por nosotros, los catequistas (una no sabe lo que pueden llegar a sorprenderte las nuevas generaciones). Este año estrenamos nuevo material, con el que estamos muy ilusionados.

En cuánto a mis propósitos de enmienda, el principal, bajar esos kilillos que el verano trae consigo, ya se sabe: la cervecita, los helados y el ritmo más relajado hacen mella. Lo siento mucho, pero no pienso renunciar a mis caprichos bouganvilleros, pero eso sí, ahora, con la fresquita, retomaré mis largas caminatas matutinas, que son mano de santo.

Mientras tanto, soñando con el próximo verano, para el que tengo pensado un deseo muy especial, sólo me queda tararear por lo bajinis, aquella canción del Dúo Dinámico, cual escena de Verano Azul y suspirar diciendo: “¡Adiós, verano, adiós!”

(Imagen obtenida de Google)